La ventana indiscreta

El Blog de Carlos Vallejo

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René

Carlos E. Vallejo.

Todo empezó, haciendo de “perraca” delante de mi marido en el Hotel “La Mamounia” de Marrakech y terminé ahorcada en un ropero con un corpiño y el culo al aire.

Vinimos a la ciudad marroquí a comprobar que nuestro amigo René, se encontraba bien. Hacía más de un mes que no daba señales de vida y su editor nos pidió el favor, de que chequeasemos el estado del laureado escritor.

Sus últimos pasos fueron en este hotel, después de dar un taller literario con bastante éxito, se le vio por última vez, en el bar del hotel, en lamentable estado etílico, acompañado de una rubia de categoría.

Llevamos ya tres días y no hay rastro de René, ni de la meretriz de lujo que le acompañó en sus últimas horas delante del mundo.

No llegó a dormir en la suite de lujo donde nos hospedamos.

Cuando estabas en un punto muerto de nuestra busqueda, nos llegó una nota anonima a nuestro cajetín de la recepción.

Decía así:

“Queridos, si queréis recuperar a vuestro amigo René, nos veremos esta noche en el “Loto rojo” a la 11.30 pm.”

El garito es un cabaret de variedades en los bajos del Hotel intercontinental, donde todas las fulanas de Marrachech buscan “el dorado” de los penes occidentales.

Es una leche marchita en la mayoría de los casos, donde solo una de cada 10.000 tiene premio.

Llegamos una hora antes de nuestra cita. Estabamos en un reservado muy ortera, donde por solo unos cuantos dirhams más, se bajan unos visillos de rojo pasión y comienza un privacidad desenfrenada. No fue nuestro caso. Vimos un espectáculo lamentable de transformismo, consumiendo dos cocteles envenenados previamente.

“Burundanga” o “ci”, es un polvo blanco cristalino, que provoca la sedación, o una amnesia anterógrada, es decir, que hicieron con nosotros lo que les dio la puta gana.

Del paradero de mi marido, no recuerdo nada. Yo hice las delicias de un lupanar marroquí durante más de 48 horas. Cuando me desperté, vomite el camastro y recordé a René riendo a carcajadas, fue entonces cuando me dirigí al ropero.

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