Carlos E. Vallejo.

Cogí un AVE para Madrid, una vez allí cambiaría tren hacia Granada.

Pronto aprendí a compartir lo ajeno.

Al no disponer de documentación, ni nada que se le parezca, Empecé a suplantar la identidad de una señora que se parecía algo a mi.

Le robé el bolso en los baños de la estación de Sans e utilicé su tarjeta de crédito para pagar el billete.

Intuía que en Granada había algo, pero la verdad, desde que «Jaramillo» pasó de mi culo, me estoy tomando esta nueva etapa con más tranquilidad y sosiego. No tengo ni idea, adonde voy, ni cuál es mi misión. Si tengo en cuenta la novela de «Jaramillo» y mis pasadas experiencias hechas carne, estoy dentro de una lucha entre el bien y el mal.

Estaba hecha carne, pero soy todo alma. En el cuerpo no siento ni padezco, es como una especie de pantalla visual. Ventajas son, que no tengo necesidades fisiológicas y que tampoco necesito lavarme.

Yo no puedo tocarme a mí misma, es una sensación extraña, siento que soy aire dentro del mismo aire.

Aparte de estas no sensaciones corporales, en el resto era yo Lucia, mexicana bien corrida en vida que ahora estaba bien confundida en muerte.

Jamás hubiese imaginado que esto me iba a suceder a mi. Creí que en las últimas encarnaciones terrenales he sentido y vivido mucho más que en toda mi anterior vida.

Aburrida sobre mi butaca empezaba a sentir el espacio tiempo cada vez más, es una sensación extraña. No se, volvía a ser humana poco a poco, parece como si estuviera recuperando los sentidos poco a poco.

Llegue a Granada, previo transbordo en Madrid, donde tuve que cambiar de tren.

Me puse en la cola del taxi, de forma instintiva como el resto de pasajeros.

No sabía a dónde ir, pero cuando el taxista me preguntó cuál era mi destino, me salió de forma instintiva: el barrio del Sacromonte.

Granada, una de las ciudades más bellas del mundo, posee un barrio donde el tiempo se detuvo hace mucho. Es el Sacromonte y se llega a él después de atravesar la Carrera del Darro y las aguas blancas de su río, admirar las murallas y las torres de la Alhambra en el paseo de los Tristes y subir luego la cuesta del Chapiz, a uno de cuyos lados se extiende el Albaicín.

Una vez me dejó el taxi, me fui dando un paseo por el barrio, apenas pasaron varios minutos cuando una gitana vino a mi encuentro.

  • Señorita, déjeme que le lea el futuro.

No me dio tiempo a decirle nada, cuando tomó mi mano.

Me la soltó rápidamente y dio un par de saltos despavoridos.

  • !Eres una muerte!, hija de puta.
  • Rápido lo has adivinado, pero no es necesario faltar al respeto.
  • ¿Qué quieres?, ¿Qué buscas por aquí?.
  • Querida Manuela, no vengo a por ti, el destino es el que me ha traído hasta aquí, busco una puerta al otro lado.
  • Aquí no la encontrarás. Creo que lo que buscas está e la Casa de Castril en la Carrera del Darro.
  • ¿Y eso donde está?
  • No muy lejos de aquí, en el cerro de enfrente. Le acompañaría, pero cómo puede comprender, no quiero acompañar a la muerte, hasta que me toque.
  • Manuela, estoy muerta, pero no soy la muerte.
  • Misma mierda son.
  • Lo que tú quieras.

Llegué a la casa señorial que me indicó la gitana. Todo en orden, salvo que un balcón esquinero está tapiado y debajo del mismo hay una inscripción que dice:

Esperándola del cielo

Esperándola en del cielo.

Subí al segundo piso y justo cuando toque el muro, aparecí en el garito delante de la sin nombre que estaba disfrutando de su hamburguesa.

  • Ah, ¿has aparecido de nuevo?
  • ¿Por cierto cómo te llamas?
  • María Eugenia.

La puerta entre la vida y el más allá existe y yo no he sido la primera en averiguarlo.

Ahora ya se donde se encuentra una entrada desde la vida. Desde el más allá vuelvo a la vida por el alma.

Igual que llegue a saludar a mi guía, nuevamente me trasladé a el balcón. Fue fácil y dirigido el cambio por mi mente.

Aprendizaje y progreso. Empiezo a tomar un poco el mando de mi nueva existencia, que no se como definir, soy una muerta que piensa y actúa, cambia de estados y empieza a sentir.

Soy una pura puta «Super Woman».