Carlos E. Vallejo.

Azulejos blancos en las paredes, suelo liso barato con baldosas de ocasión.

Al fondo un retrete blanco que tiene salpicaduras de sangre de la bilis de la Madre de Manuel, vomitando el dolor de su hijo muerto.

Le han sacado parte de ella. Tiene un tiro en el alma, que nunca se borrara en su vida.

Esta tarde llega el cuerpo de su hijo al pueblo donde nació, donde tuvo sus primeras sonrisas, sus primeros amores, sus primeras inquietudes, que vuelven de un injusto luto negro, provocado por el mal.

Un mal que va a provocar mucha sangre, por el hecho de sentirse diferente dentro de una barreras que se llaman fronteras.

No hay nada más tonto que crear diferencias, donde no las hay. Todos somos hermanos de un mundo abierto a los demás.

⁃ Y tú. ¿Quién eres?, que coño haces en mi casa.
⁃ Disculpa María, soy Lucia. Vi como mataban a tu hijo. Entiendo tu dolor.
⁃ Estoy de duelo, esperando el cadáver de mi vida. Parte de mi ha muerto y no puedo tener más dolor, ya que moriré de pena. Y a pesar de que no quiero vivir, tengo una familia que me necesita. Vete ya.
⁃ No quiero molestar. Comprendo tu dolor.
⁃ Por favor vete ya.
Llegó a la entrada de la Iglesia un coche fúnebre matricula SS.

Doble S, sangre sanguinaria de la ignorancia de un pueblo de ratas envenenas de odio por el diferente.
Silencio y respeto del pueblo que le vio vivir.

Ahora todas las ilusiones se vuelven polvo. No hubo vida.
Oscuridad hasta la eternidad, para una familia que no entiende nada.

– Anita por que me has mandado a molestar a una madre.
– Para que entiendas el dolor.
Desgraciadamente este drama destrozará una familia de por vida.
Pero como te dije. Estamos para evitar el mal absoluto.
Tu labor es poder evitar muertes futuras.
Actúa de una vez.
Eso haré Señora.