Carlos E. Vallejo.

Llevamos un mes, que nos ha demostrado que está pandemia va a ser mucho más larga de lo imaginado. La “puta curva” era un juego de niños para tenernos con la falsa esperanza de que en un corto periodo toda esta pesadilla se iba a terminar.

Ya hemos madurado a golpe de confinamiento y sabemos que será largo. Que los 20.000 muertos que nadie nos muestra, seguramente serán más del doble. Nos han engañado, nos mienten y volverán a blasfemar un gobierno inútil que está sobrepasado por las circunstancias.

A “el mentiroso” le ha derrotado la realidad. Pronóstico que las “ratas” abandonarán el barco de miseria y penurias que se va a convertir este país llamado España.

Falta el “Filósofo Rey”, el estadista, el líder profesional que sepa gestionar la dualidad de la lucha contra el virus y la recuperación económica. Han llegado tarde, mal y nunca en la lucha sanitaria de la pandemia. Todavía quedan muchos ciudadanos que perderán la vida.

Ahora se trata de no llegar tarde a la recuperación económica. Pero no penséis que esto se ha terminado. Vamos a convivir durante mucho tiempo con mascarillas privadas compradas en farmacias, test imaginarios que algún día, dijo “Simón” que ya habían llegado, pero que nadie ve.

Hay pobre “Simón” serás el mártir de una España rota que sangra tus previsiones.

A día de hoy,  las colas en los comedores sociales han aumentado el triple. La gente no ha cobrado las nóminas de los “Ertes”. Empieza a faltar la comida familiar. Los ciudadanos se están poniendo nerviosos y la solución no es una mísera paga “bolivariana” para calmar al pueblo.

Se necesita un plan de económico de emergencia, donde un nuevo gobierno de salvación sepa gestionar las ayudas sociales de los más necesitados, a la par que cuidar y motivar a los empresarios para que se pueda generar consumo rápido.

Estamos ante unas circunstancias que se exige mucha profesionalidad y poca política. Gestión sin tintes ideológicos. Eficacia, mucha eficacia y empatía en una España triste que debe organizar un funeral de Estado, donde en todos los balcones luzcan crespones negros para homenajear a los que se han ido y los que se están yendo.