“Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Con la fiesta del Bautismo del Señor, celebrada el pasado domingo, hemos entrado en el tiempo litúrgico llamado “ordinario”. En este segundo domingo, el Evangelio nos presenta la escena del encuentro entre Jesús y Juan el Bautista, cerca del río Jordán…..”

Después del rezo del Ángelus, el Papa saludó a los fieles presentes en la plaza de San Pedro y recordó que “hoy celebramos la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado”.

Dirigió un saludo especial a los representantes de las diversas comunidades étnicas aquí reunidas, en particular a las comunidades católicas en Roma. Proclamó: “Queridos amigos, ustedes están cerca del corazón de la Iglesia porque la Iglesia es un pueblo en camino hacia el Reino de Dios que Jesucristo trajo en medio de nosotros. ¡No pierdan la esperanza de un mundo mejor! Les deseo que vivan en paz en los países que les acogen, custodiando los valores de sus culturas de origen”.

Me fui alejando poco a poco del enorme gentío que llenaba la plaza. Tenía que pasar por el hotel, ya que por la tarde volaba a Sicilia, donde el operativo ya estaba trabajando en un dispositivo de vigilancia de Carlo Moranta.

Necesitaba hablar con el Papa. Su sobrina no dio contestación a mi email. Pero no sabía cómo demonios ponerme en contacto con él. Transmitía un mensaje fresco y limpio en el que debía redimir mis pecados.

 

De 73 años, con el pelo blanco y andares cansinos, tenía unos ojos que lo decían todo. Estaban agotados de trabajo o de sufrimiento. Hace dos años había muerto su compañera de un cáncer agónico que la consumió durante siete años. Ahora Carlos Moranta se dedicaba a la lectura en su Ragusa natal, de donde emigraron la mayor parte de los sicilianos que apurados por el hambre se refugiaron en América.

Estaba desayunando en la terraza de un bar del pueblo. Me senté en frente suyo, sin decirle nada. Me saludó.

-Señor Bairos, le esperaba antes. Ha tardado demasiado.

-Ya veo, don Carlo. Debo de ser más torpe de lo que aparento.

-No, es la rabia que se ha apoderado de usted. Pero tranquilo, ya poco me queda en este valle de lágrimas. Sí, señor Varea: junto con el Padre Mateo maquillamos, blanqueamos y multiplicamos por 15 todos los ingresos de los Legionarios de Cristo. Piense en positivo, mucha gente se aprovechó de la buena voluntad de la Iglesia Católica y ganó enormes cantidades de dinero. Pero al final todo revirtió en la propia iglesia: de dos se pasó a doce. Y esos doce serán ahora dedicados para los más necesitados. Ya sé que no tiene justificación. Pero eso es lo que hicimos. Y si usted hace público el archivo del Padre Mateo, perjudicará no solo a la Iglesia, sino a muchos desgraciados indefensos. Tenga en cuenta que a la Iglesia hay que mirarla desde arriba, no individualmente. Está formada por personas y éstas ya han demostrado sobradamente a lo largo de los siglos que son ignorantes y perversas. Aunque también le digo que ahora, después de muchos años, parece haber llegado uno bueno.

-Eso creo, don Carlo.

-Sé que usted no quiere entregar a los lobos las miserias del pasado. Le voy a proponer un trato, señor Bairos. Todavía tengo contactos suficientes para poder entregar ese archivo al mismísimo Francisco en persona. Pero antes me tendrá que hacer un último favor.

-Usted dirá, don Carlo.

Nuestro querido Padre Mateo se suicidó porque un monstruo del mal llamado Marcial Maciel Degollado le robó la inocencia cuando tan solo era un muchacho. Le transmitió el vicio y las bajas pasiones durante toda su vida. El mal, querido Bairos, crea dependencia, y nuestro malogrado padre Mateo creó una estructura de horror que todavía está presente en Roma. ¡Destrúyala, Bairos, y podré entregar el archivo a el Papa.

 Don Carlo prosiguió con su relato:

“Coming Out”, Vía San Giovanni in Laterano 8, un bar joven y divertido. Se encuentra frente al Coliseo.Te será fácil dar con él. Es frecuentado por gente joven para pasarlo bien hasta la madrugada. Tiene muchos eventos, y es para todo el ambiente. Allí son seleccionados por un ex carabinieri jovencitos chaperos, que son suministrados a una red vaticana de prostitución de menores. El protagonista es Patricio Poggi, ex sacerdote de la Iglesia de San Filippo Neri que suministra a monseñores y prelados romanos los encuentros sexuales que tienen lugar en Iglesias a la afueras de Roma. Los religiosos pagan entre 250 y 500 euros por cada prestación sexual. El inventor de este vómito infame fue el Padre Mateo, cuando estuvo en Roma. Algo de lo que se aprovechó Goldam Sacs para chantajear al clérigo. Bairos, elimínalos sin piedad, que no quede nadie, y podrás hacer justicia. Hazlo por todos. Por el bien y, sobre todo, por mí, para que pueda descansar de una vez por todas”.

Tuve que ampliar el operativo de “los hijos de la luz”. Iba a ser una puta masacre que exigiría de una buena preparación.

Comenzamos un domingo en los baños de la discoteca. Mientras a un seboso monje de provincias le hacía una felación un chico marroquí de 14 años, mi compañero le rebanó el cuello. Hasta un cardenal americano del Vaticano sufrió la justicia de lo que la prensa italiana bautizó como la semana la “ira divina contra los proxenetas”. Todos aparecieron muertos con su propio pene cortado en su boca.

Los chicos explotados fueron recogidos por Carlos Moranta y empleados en Sicilia como jornaleros del campo.

Todo se había terminado. Entregué el archivo a Moranta con la promesa de que él se lo entregaría en persona. Me comentó que no me preocupase que el Santo Padre daría una señal inequívoca de que lo había recibido.