“Ay, Bairos, siempre metido en líos”. Álvaro había abierto la puerta y con un aspecto inmejorable me observaba con cara de compasión.

-Danos el puto archivo y te aseguro que vivirás.
-Querido cabrón, sabes mejor que yo que ya estoy muerto. Hazlo cuanto antes y terminemos de una puta vez con esto.
-Bueno, querido, ha sido un placer trabajar todos estos años contigo. No sirves, ni nunca servirás para este trabajo. Eres un sentimental.

Cerró la puerta. Mi ejecución era cuestión de poco tiempo. Debía saber jugar mi ultima baza.

De madrugada vinieron dos guardianes a por mí. Había dos posibilidades: que me ejecutaran en la celda, donde no tendría la mínima oportunidad, o que me trasladasen a algún sitio apartado y me diesen “matarile” allí.

Tuve la gran suerte de que optaran por la segunda alternativa. Me taparon la cabeza con un pasamontañas y me pusieron esposas en las manos detrás de la espalda. El momento de la acción debía ser dentro del vehículo. No creía que fuésemos a ir por ninguna carretera principal. Seguro que cogerían carreteras alternativas, con poco tránsito de coches.

La suerte estaba echada. Que me iban a ejecutar, eso era seguro. Pero por lo menos moriría luchando.

Eran dos. Uno conducía un 4×4 y al otro lo tenía de compañero en la parte de atrás del vehículo.Empecé a fingir unas arcadas abdominales, expulsando saliva por la boca.

-No puedo respirar. ¡Joder, me ahogo!
-¿Qué hacemos?-, le preguntó el guardián de mi lado al conductor.
-¡Quítale la capucha!

Nada más quitarme la capucha, le di un cabezazo a mi acompañante. Girando todo mi cuerpo en una maniobra rápida y violenta, conseguí atrapar con mis piernas la cabeza del conductor. Éste perdió el control del vehículo, nos salimos del camino y caímos por un terraplén. Mientras caíamos, no paré de morder la cara de mi guardián acompañante. Los bocados iban acompañados de cabezazos para intentar dejarle sin sentido. Mientras, con todas mis fuerzas intentaba desnucar al conductor con las piernas.

Pronto nos estrellamos contra una encina. El impacto provocó que el piloto se pudiera liberar de mis piernas. Al acompañante le había arrancado un buen trozo de nariz y le había provocado una gran hemorragia. Gritaba como un marrano. Continúe dándole cabezazos como un poseso hasta que perdió el sentido.

El piloto abandonó rápidamente el vehículo. Una vez liberado del individuode atrás, y con toda la camisa llena de sangre, conseguí abandonar el 4X4. Estaba mareado, pero debía coger rápido al otro guardián. Seguro que intentaría comunicarse con el resto del grupo. Si así sucedía, nuevamente estaría perdido.

Debía estar herido, ya que en caso contrario nada le hubiese impedido meterme un tiro. Tras eliminar definitivamente al acompañante, encontré las llaves de las esposas en sus bolsillos, le quite el arma y documentación, destruí el móvil y me lleve la tarjeta SIM.

La noche era cerrada. Estaría en alguna sierra cercana a Madrid. Nuestro trayecto en coche apenas superó la hora. Estaba en la ladera de una colina. Nuestro viaje era de bajada, con lo que la casa donde me encontraba preso estaría en la parte alta. Había una cobertura perfecta, con lo que seguro que el agente ya se habría puesto en contacto con el resto del operativo para cazarme nuevamente.

Me dirigí colina arriba para encontrar la casa. Fui monte a través, dejando siempre la carretera libre. Ahora realmente no podía respirar bien. La tortura a la que me habían sometido empezaba a dar sus frutos. Los genitales me abrasaban, con la marcha me estaba mareando bastante. Paré un rato para tomar aliento. Al cabo de 45 minutos colina arriba apareció un valla de espino que cerraba un pequeña finca de campo. Me debían quedar unos 3.000 metros hasta la casa. No la podía divisar, ya que se encontraba en pendiente hacia arriba. Todo estaba oscuro, sin ningún tipo de actividad. Me tiré al raso en espera de novedades.

No tardé mucho tiempo en quedarme dormido. Desperté al alba con la boca completamente seca y congelado de frío. Creo que el operativo de mi búsqueda lo dieron por cerrado esa noche. Ahora pasaría a ser objetivo prioritario para el CNI. En estos casos, ellos nunca se manchan las manos. Siempre estamos nosotros, trabajadores de campo, externos a la “Casa”, que hacemos el trabajo. Aunque yo nunca me dedique a ser “sicario”. En muchas de nuestras misiones, Álvaro contactaba con un grupo de colaboradores activos que terminaban la misión cuando lo requería.

Estaba completamente exhausto. Tenia mucha sed. Seguro que algún operativo habría ido a recuperar o eliminar el vehículo. Debía cambiar mis pasos, pero eso era lo obvio, lo que esperaban, con lo que decidí coger nuevamente el camino por donde se iba hacia el vehículo. No pasaría delante de él, pero bajaría la colina por el lado del desenlace de ayer.

Llegué hasta la base de la colina. No había movimiento en el camino. El vehículo y el pobre desgraciado habían desaparecido. Ahora seguía en dirección contraria al camino. Era una zona de pequeñas fincas y huertas. Por la vegetación de la zona, me pareció estar en alguna zona de la carretera de Burgos. Pero no sabía a qué altura exactamente. Al cabo de dos horas de caminata, y después de beber agua en algunos arroyos, fui a dar a una huerta donde había una caseta de aperos. Reventé el candado de la puerta y descansé durante varias horas en su interior. Tenía conservas en lata que devoré con un hambre atroz. Aunque estaba muy delicado, me dieron fuerza para poder continuar en mi huida.

Al poco divisé una población. Se trataba de un pueblo. Debíade estar vigilado por agentes, por lo que tenía que inventar algo rápido para agenciarme un vehículo y largarme de allí de una puta vez. Como suele ocurrir con casi todas la entradas de los pueblos en España, había algunas naves que cobijaban los negocios industriales de la zona.

“Talleres Pérez” fue mi objetivo. “Chapa y pintura”, ponía. Lo estuve observando un buen rato. Nada parecía extraño. No me compliqué mucho. Encañone rápidamente al propietario y me llevé su vehículo. Dejé amordazados en la oficina al señor Pérez, la hija y el aprendiz.

El pueblo era Cervera de Buitrago. Cogí el camino a Burgos en busca de cuentas pendientes. No encontré ningún control de la Guardia Civil, cosa que me extrañó bastante, ya que en sus operativos de vigilancia, “la casa” siempre tiraba de las fuerzas de seguridad del Estado para localizar a un posible objetivo. La excusa solía ser violencia de genero o atraco a mano armada. Mi foto ya estaba en todas las bases de datos de las policía y Guardia Civil de toda España.

Abandoné el vehículo en el Hotel Landa de Burgos, justo en la entrada de la ciudad. Mi aspecto era paupérrimo. No podía entrar así en el mismo. En el aparcamiento me trabajé un BMW serie 3 que me dio un poco de guerra con el encendido. Una vez operativo, mi siguiente paso sería cambiarme de ropa y conseguir algo de dinero para trasladarme al País Vasco.

Ya en Burgos capital, me metí en el aparcamiento de una finca privada. La verdad es que me supo bastante mal que fuese un ama de casa con los niños recién recogidos del colegio. Pero no tenía tiempo para miramientos. La llevé encañonada a su piso. Los niños de tres y cinco años no se dieron ni cuenta. Simulamos ser amigos. Una vez que le cogí las llaves de coche y algo de dinero no me quedó más remedio que amordazarla y presionar la carótida hasta que perdió el conocimiento.