Dos hombres se abalanzaron sobre mí. Cuando tenía medio neutralizado al primero, el otro me inyectó algo en el brazo izquierdo. Sentí un leve pinchazo que provocó que inicialmente se me nublase la vista para más tarde perder toda mi movilidad. Podía ver como me trasladaban al maletero de un coche mientras otra agente se llevaba a María. No había duda: era “la casa” nuevamente.

Dentro del maletero, calculé una hora de trayecto. Después de la carretera pasamos a una pista forestal. Entramos dentro de una cochera. El vehículo se detuvo, todos salieron menos yo, que permanecí abandonando en el maletero cerca de cinco horas. Lo intente evitar, pero me oriné varias veces. De madrugada me trasladaron a un sótano, especialmente preparado para la tortura.

-Mi nombre es Román, querido Bairos. Esto va a durar lo que usted quiera. Si nos dice dónde se encuentra el archivo de los Legionarios, le soltamos de inmediato. De lo contrario, va a ser una jornada bastante dura para usted.
-Me lo imaginaba. Tarde o temprano, siempre aparecéis para joderlo todo.
-Por Dios, hago el trabajo que deberías estar haciendo tú, no me cuentes historias.
-Te manifiesto mi total desacuerdo en comunicaros dónde se encuentra el archivo. Te advierto que como no dé señales de vida en 24 horas, los principales medios del mundo lo publicarán todo.
-Joder, entonces nos debemos dar prisa para que cantes. Pero tranquilo, tú no vas a ser el primero. Ahora le voy a dar un repaso a tu amiguita.

Yo estaba atado con esposas en muñecas y tobillos sobre una silla de hierro empotrada en el hormigón del suelo. Un foco bastante intenso de luz apuntaba sobre mi cara, el resto de la habitación estaba a oscuras. Sólo Román permanecía frente a mí, pero podía sentir que en la habitación había más gente observándome.

Se abrió la puerta y metieron a María, que tenía una capucha negra sobre la cabeza. Román puso una mesa de escritorio delante mía y el foco se trasladó a la cara de María, que fue desprendida del saco.Me miró con una cara de pánico tremenda. Yo estaba completamente desnudo sentado en la silla.

-José María, ¿qué pasa aquí?
-Debes ser valiente, María. Lo siento.
-¡Más lo vas a sentir como no hables pronto!-, gritó Román sobre mi cara.
-Ahora me voy a dar un homenaje con tu amiguita.

La tumbó boca abajo sobre la mesa, justo en frente mía. A María le entro un ataque de pánico. Comenzó a gritar sin parar. “¡Cállate, zorra! Vas a ver como al final te gusta”, le voceaba Román.

Le arrancó la falda de cuajo, al igual que las bragas. Le puso unas esposas en las manos, que ató a una pata de la mesa. La penetró repetidas veces mientras me gritaba: “¡Mira qué bien folla tu amiguita! ¡Es una buena potra!”.

Se corrió finalmente en su cara. Yo bajaba la cabeza para no ver semejante violación, pero unas manos traseras me obligaban a tener mi cabeza rígida. María había perdido la expresión de su cara, miraba al infinito. Estaba inerte.

-Ahora me voy a recuperar en un momento y dentro de un rato, por el culito. Se lo voy a dejar nuevo.
-Eres un hijo de puta que estás muerto.
-Si quieres salvar ese culito, dime donde esta el archivo. Es bien sencillo.
-Ya estás muerto.
-Bueno, tranquilo. Como te dije, esto va durar bastante.

Al cabo de los 15 minutos la volvió a violar, esta vez analmente. María ya no gritaba, estaba como ida. Los brazos le colgaban y el cuerpo lo tenia apoyado sobre la mesa.

Cuando terminó Román, continuó su compañero, que tenía un pasamontañas. Le reventaron el ano. En la quinta violación comenzó a sangrar, lo que provocó que la abandonaran sobre la mesa. Se fueron y nos dejaron en la habitación a oscuras.

-María, ¿estás bien? Dime…

No contestaba. Empezó a llorar desconsoladamente.

A pesar de la situación, me quede dormido. Estaba agotado y no podía hacer absolutamente nada.

Al cabo de las nueve horas, volvierona la carga.

-Bueno, compañero. Veo que tu amiguita te suda la polla. Con lo que me la voy a cargar poco a poco.
-Déjala, hijo de puta. No tiene nada que ver en esto.
-Si ya lo sé. Lo hago para que me digas dónde están los archivos. Porque tú, cariño, ¿no sabrás por casualidad dónde están?

María no contestaba. Observé cómo las piernas se le tensionaban. “Ahora le vamos a hacer la manicura a la nena”, escuchó.

Sacó unos alicates y le fue arrancando las uñas de cuajo. Los gritos se me metían en el alma. El hijo de puta de Román ni se inmutaba. “Aguanta bastante la cerda esta. Vamos a terminar rápido con ella, que tengo ganas de empezar contigo, cabrón”.

Primero le metió un tiro en el gemelo derecho. Maria se desmayó de dolor. El mal nacido la despertó orinándose en su cara. Ella comenzó a vomitar.

-¡Mátala ya, hijo de puta mal nacido! ¿A qué esperas?
-Sí, tienes razón.

Y le metió un tiro de gracia en la nuca.

Así terminó la vida de una inocente. Me juré a mí mismo que terminaría con esto. Debería aguantar y matar a toda esta panda de hijos de puta. Pero no me lo iban a poner fácil.