“Hola, José María, ¿cómo estás?”. Era la llamada de María. No sabía nada de ella desde que medio los datos del Padre González.

-Me gustaría que nos viéramos. Tengo un presentimiento que igual podría estar relacionado con tu investigación. O quizás sea yo, que últimamente estoy un poco “emparanoiada” y veo fantasmas donde no los hay.
-Muy bien, cuando quieras.
-¿Te parece que cenemos?
-Por mí, perfecto. ¿Dónde?
-¿A eso de las nueve en el “José Luis” de Hermanos Bécquer?
-Bien, allí estaré.

Llegué un poco tarde. Me estaba esperando al final del restaurante leyendo la prensa del día.

-¿Cómo estás, preciosa?
-No tan bien como tú, que una vez que te di lo que querías ya no me llamas.
-Qué va, por Dios. He estado fuera de España trabajando. Tan solo llevo un par de días en Madrid. Bueno, tu dirás que es tan importante.
-Bueno, hijo, iré al grano. Qué directo eres, disimula un poco. Qué tal te va la vida y esas cosas…
-Sí, perdona, tienes razón. Lo que pasa es que esta mierda se está complicando más de lo que quisiera.
-Mira, yo llevo realmente poco tiempo trabajando en el colegio, apenas dos años. Pero siempre ha circulado un rumor entre todos los empleados respecto a la directora Paloma.
-¿Y es?
-Que su hijo Jorge no es fruto de su matrimonio.
-Bueno, tampoco es tan raro. En todas las casas cuecen habas.
-Ya, pero es un poco más fuerte.
-¿A qué te refieres?
-Los “dimes y diretes” apuntan a que el hijo es del Padre Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo.
-Joder… Eso sí que lo cambia todo. Vaya pieza el curita.
-Mira, poco después del viaje a Mexico, donde estuvo con el padre, se quedó embarazada. Hasta aquí todo podía haber sido fruto de la casualidad. Pero después llegaron todas las prebendas. Fue ascendida a directora del centro. Y lo que es más fuerte es que su marido, de ser un humilde ginecólogo de barrio pasó a ser un importante ejecutivo de la banca sin tener formación para ello.
-O sea, que con Jorgito ganaron el premio de la lotería.
-Más o menos.
-¿Esto quién lo sabe?
-Por Dios, José María, que yo soy la última mona del colegio y me he enterado. Lo saben todos.
-Por lo que veo, en esta congregación hay mucha mierda que esconder. Gracias por la información.
-Sí, y ahora me dejas plantada, como siempre.
-Qué va, mi amor, qué dura eres. ¿Qué quieres que hagamos?
-¿Qué tal tu casa? Vivo con mis padres, como bien sabes.

Terminamos en el Hotel Wellington, de la calle Velazquez, haciendo el amor toda la noche. Hasta que María me dejó durmiendo en la habitación cuando se fue al colegio. Me había escrito con carmín de labios en el espejo del baño:“Ha sido increíble, creo que te quiero un poquito”.

Desayuné en una cafetería de la calle Goya. Mientras todos los oficinistas tomaban su primer café con leche, pensaba sobre cuál debería ser mi próximo paso para avanzar en la investigación. Por un lado podía mandar el archivo a la prensa y que estallase todo de una vez, pero me parecía que en el Vaticano se estaba produciendo una limpieza interna que no hacía necesario el escándalo. Ahora empezaba un periodo de elección del nuevo Papa que llevaría un tiempo. Esperaría a que en Roma moviesen ficha. Pero antes me iba a mover con Jorgito Pereira. Total, ahora estaba “congelado” hasta nueva orden.