Amanecí con la sorpresa que da siempre levantarse en una cama diferente a la habitual.

Necesitaba ordenar mi cabeza. Sin buscarlo, estaba metido de nuevo en un embrollo de marca. Me fui a la cafetería de la gasolinera del polígono a tomarme un café para activar mi mente. Cuando observé la prensa del día, todos los diarios mostraban una única noticia: “El Papa anuncia su renuncia”.

El Papa anuncia su renuncia el próximo 28 de febrero por razones de salud.
Vencido por la edad y la salud, pero sobre todo por El Vaticano, Benedicto XVI volverá a ser Joseph Ratzinger. En una decisión histórica, cuyos precedentes hay que buscarlos siete siglos atrás, el Papa alemán anunció este lunes su renuncia al pontificado, que quedará vacante a partir del 28 de febrero. “Para gobernar la barca de san Pedro y anunciar el Evangelio”, dijo en latín, por sorpresa, durante una ceremonia de canonización en la Santa Sede, “es necesario el vigor tanto del cuerpo como del espíritu, vigor que en los últimos meses ha disminuido en mí de tal forma que he de reconocer mi incapacidad para ejercer bien el ministerio que me fue encomendado”. Uno de los presentes, Ángelo Sodano, decano del colegio cardenalicio, resumió en una frase la congoja que se abatió sobre Roma: “Santidad, amado y venerado sucesor de Pedro, su mensaje ha caído entre nosotros como un rayo en cielo sereno”. La expresión, queriendo ser hermosa, no se ajusta a la realidad. El papado de Benedicto XVI ha estado caracterizado por las luchas internas del Vaticano para contrarrestar sus intentos —no por tardíos menos tajantes— de limpiar la Iglesia de clérigos pederastas y banqueros corruptos. La filtración masiva de sus documentos privados es un ejemplo. Y otro, muy revelador, la manera de despedirse. Ratzinger, de 85 años, se marcha como vivió, solo. Decidió proteger su secreto hasta el último día, temiendo quizá que se lo robaran.

La salud de su Santidad estaba muy deteriorada, pero la noticia había sorprendido al mundo entero. Hace menos de un año su mayordomo personal, Paolo Gabriele había sido acusado de posesión ilegal de documentos secretos robados al Santo Padre en el apartamento papal.

Fue condenado a 18 meses de cárcel, declarándose inocente en todo momento y tras alegar que la filtración que hizo de los documentos al periodista italiano Gian Luigi Nuzzi fue por su afán de lograr que se hiciera “limpieza” en la Santa Sede. Finalmente, el Santo Padre le visitó en la cárcel para confirmarle su perdón y comunicarle en persona que había acogido su petición de gracia, condonándole la pena infligida.

Estaba claro que el Vaticano estaba moviendo ficha. No tenía ni idea de cuáles eran todos los intereses que estaban detrás de la renuncia papal, pero por lo que había leído, Benedicto XVI era el primer Papa que estaba limpiando de forma interna la Iglesia Católica.