A SU SANTIDAD JUAN PABLO II
Autor de la Carta Encíclica VeritatisSplendor
Ciudad de El Vaticano

Santo Padre,
Es con voz de la Biblia y apoyados en el espíritu de la tradición cristiana como solamente deberíamos dirigirnos a Vos, para pedir justicia y que, como reza el título de Vuestra Carta Encíclica Homónima, el esplendor de la verdad se manifieste más allá de todo cálculo de interés humano. Acudimos a Vos recordando que el Concilio Menor de Sárdica, inmediato al Concilio Primero de Nicea, autoriza a cualquier cristiano para apelar directamente al Papa. Nos acercamos, pues, sin temor a no llegar a ser reconocidos u oídos, no obstante las cerradas barreras con que a veces el mismo Vicario de Cristo se ve cercado cuando es un grupo menor, sin poder político, económico, social o eclesiástico, el que intenta hacerse escuchar por encima de fuerzas establecidas de la naturaleza mencionada.

El motivo de esta carta

Quienes ahora os escribimos somos varios hombres cristianos, doblemente víctimas en dos claras épocas de nuestra vida: primero, durante nuestra adolescencia y juventud; y luego, en nuestra madurez. Fue por parte de un sacerdote y religioso muy allegado a Vos, que repetidamente abusó, antaño, sexualmente y de otras maneras de nosotros, indefensos, lejos de nuestros padres o tutores, en países diversos y lejanos al nuestro, y que, al haber revelado nosotros la triste verdad de nuestra historia a dos periodistas norteamericanos de buena fe, el año pasado, y habiendo él sabido por ellos nuestros nombres a través de abogados suyos (sin haber nosotros incoado demanda legal alguna), acudió o dio instrucciones para que antiguos compañeros nuestros, actualmente fuera de la congregación, de la que el sacerdote ofensor es fundador y todavía actual superior general, dieran falso testimonio contra nosotros diciendo, ante notario público, que, tiempo atrás, los habíamos instado a formar una conspiración contra él, y, a través de él, contra la Iglesia, para acusarlo faltando y haciéndolos faltar a la verdad. Tales personas, Santo Padre, laboran para la institución llamada Legión de Cristo, o han laborado cerca de ella, y jamás habíamos imaginado siquiera que pudieran tener el valor de manifestar la verdad; pero con ellas nunca habíamos tenido razón alguna de conflicto, desde que juntos cantábamos “…congregavit nos in unum Christi amor…”.

Somos un pequeño grupo de ex miembros de la Legión de Cristo los que, con pleno derecho, y ahora aún más en legítima defensa, nos decidimos a declarar la terrible y dolorosa verdad del oscuro mal oculto, casi desde la fundación de su institución, durante más de cuatro décadas, acerca de la encubierta conducta inmoral del mismo fundador y superior general de la Legión de Cristo, el Padre Marcial Maciel Degollado, en quien penosamente de alguna manera aún creíamos antes de descubrir que el caso de nuestro abuso particular no era aislado ni único, sino muy general, y que había sido envuelto en palabras engañosas, que nuestra poca edad entonces y la devoción y obediencia ciega que estábamos obligados a tenerle como padre y superior nos hicieron creer.

¿Por qué ahora?
Nosotros, aun fuera ya de la institución, no habíamos podido superar psicológicamente una dolorosa prudencia y discreción autoimpuesta durante largos años. Pero, Santo Padre, fue precisamente la carta de apoyo y felicitación de V. S. dirigida al Padre Marcial Maciel Degollado, publicada el día 5 de diciembre de 1994 en los siete diarios más influyentes de la Ciudad de México, avalada por Vuestra propia firma y por la reproducción muy visible del mismo escudo de armas pontificio, en la cual V. S. encomiaba al Padre como “guía eficaz de la juventud” y como quien “ha querido poner a Cristo (…) como criterio, centro y modelo de toda su vida y labor sacerdotal…”, la que nos movió a romper, finalmente, el pesado silencio y revelar la penosa verdad; pues nos indignó que un Vicario más de Cristo a lo largo de varias décadas pudiera seguir estando a tan grave extremo engañado.

Y ahora nos ha movido a dirigiros esta carta abierta y también privadamente por medio de Vuestro nuevo nuncio en México, monseñor Justo Mullor García, el hecho de conocerse públicamente el nombramiento vaticano, a pesar de todo, del padre Marcial Maciel Degollado como uno de los veintiún dignatarios encargados de organizar y dirigir el Sínodo de obispos de América, que está teniendo lugar en Roma, programado del 16 de este mes al 12 de diciembre de este año, para considerar puntos de doctrina y praxis cristianas frente al próximo milenio. Nos parecería inconcebible, Santo Padre, que nuestras graves revelaciones y quejas no Os importaran absolutamente nada: porque siendo cierto que frente a la justicia de los Estados hay tiempos legales que prescriben para la manifestación de delitos cometidos [La Jornada, México, 23-04-97], es por eso precisamente ante una Iglesia perenne, a la que queremos seguir creyendo poseedora de valores permanentes como Institución, y siendo Ella directamente la principal agraviada en su cuerpo moral a través de nosotros, ante la que de nuevo insistimos en exponer privada y públicamente nuestra indignación por tanta desatención y aun por el arrogante silencio, cuando no ofensas, de representantes importantes de su jerarquía ante tan grandes abusos e injusticia.

Tanto el Estado como la Iglesia deben considerar que si nuestros presentes testimonios son falsos, somos acreedores a sanciones civiles, penales y eclesiásticas. ¿Por qué, entonces, habríamos de insistir? ¿Hay, como se ha dicho hace meses, detrás de nosotros alguno o algunos grupos de poder interesados en desacreditar al padre Marcial Maciel Degollado, o, como él ha dicho, a la Iglesia a través de su persona? Bien sabemos que es éste en el padre Maciel Degollado un viejo empleo astuto de la yuxtaposición como método. Lo justo, creemos, es que todo puede y debe quedar sujeto a investigación, sin acepción de personas, a menos que se trate de una discriminación positiva a favor de los más débiles y víctimas.

Dos de nosotros, entonces sacerdotes en funciones, ya desde 1978 y 1989 habíamos declarado por las vías y protocolos canónicos oficiales, establecidos por las instancias vaticanas pertinentes, parte gravísima de los males que este año, ya como grupo, revelamos [cfr. Hartford Courant, Connecticut, EE.UU. de Norteamérica, domingo 23-02-97]; pero hemos parecido tan insignificantes a la jerarquía católica, Santo Padre, que, a pesar de la enorme ominosidad de los hechos dados a conocer entonces y ahora, no logramos atención ninguna ni respuesta ninguna, ni burocrática siquiera, de nuestra Madre la Iglesia.

El Padre Marcial Maciel Degollado, por medio de la poderosa representación de la firma de abogados Kirkland and Ellis de Chicago y Washington, D.C., por medio de su vocero religioso en Norteamérica, el padre Owen Kearns, L.C., y, luego, en carta propia suya que mencionaremos líneas abajo, falsamente pretendió desmentir nuestros testimonios como carentes de fundamento alguno. Con lo cual no solamente ha faltado otra vez más a la verdad y a la caridad cristiana, sino también al concepto y a la práctica del más elemental sentido de la justicia y de la simple hombría humana: después de haberse negado a confrontar a los periodistas que en diciembre pasado le pedían una entrevista para escuchar su versión de los hechos a investigar -muy diferente de Cristo en Gethsemaní: (“¿A quién buscáis? […] Yo soy”…)- se pertrechó no con la Palabra de Dios, como corresponde a un servidor Suyo, sino detrás de la poderosa y costosa representación legal. Y cuando tal estrategia puramente humana le resultó vana, entonces, en la mencionada carta personal, dirigida desde Roma, el 28-02-97, a Mr. Clifford L. Teutsch, editor en jefe del Hartford Courant, después de culparnos abyectamente de insidia, falsedad y calumnia, y como si fuera la suya una acusación ligera, declaró que nos perdonaba. ¡Qué travestismo y apariencia de virtud y, en palabras del mismo Cristo, qué falsa blancura de sepulcro! Santo Padre, ¡cuando una mediana experiencia de las cosas humanas y el buen sentido declaran a voces que un hombre de Dios, con la conciencia cristiana limpia y tranquila, jamás habría obrado así!

Nosotros, además de católicos, miembros de la sociedad abierta, desprotegidos durante décadas por nuestro propio silencio, y desoídos después a lo largo del tiempo por diversas instancias eclesiásticas a las que inútilmente recurrimos, para la exposición de la verdad nos vimos constreñidos a aceptar el contacto con los libres medios de comunicación, no con ánimo de escándalo, sino buscando también protección, ya que, hace años, uno de nosotros, y no veladamente, había sido amenazado de muerte por el mismo Padre Marcial Maciel Degollado; y de lo cual hay testigos. Por eso, Santo Padre, por nosotros mismos, por otras víctimas aún silenciosas, por la Iglesia y por la sociedad consideramos un deber moral insistir en manifestar la verdad “opportune et importune”.

La actitud de la jerarquía católica

Si ha habido alguna conspiración, como han dicho, mintiendo de toda falsedad, ante notario público en documentos entregados a los abogados de Kirkland and Ellis tres incondicionales ex miembros, y, ante medios de comunicación, varios miembros de la Legión de Cristo bajo instrucciones de obediencia, Santo Padre, no ha sido de parte de nosotros, que consideramos nuestra acción como un difícil y arriesgado servicio a la Iglesia y a la sociedad, sino de parte de personas mismas constituidas en autoridad dentro de la Legión de Cristo y de la misma Iglesia: se trata de una conspiración de silencio, de vergonzoso encubrimiento y de una nueva e injustísima victimización contra nosotros por parte de personas de la jerarquía católica romana, de funcionarios ya informados del Vaticano y de altos miembros de la Iglesia mexicana. Datos: después de que, en los días 14, 15, 16 y 17 de abril de este mismo año, aparecieran en el diario “La Jornada” más detalladas revelaciones sobre los mismos hechos tratados en la edición del diario norteamericano citado, el obispo “emérito” Genaro Alamilla, sin conocernos de nada, sin saber si decíamos la verdad o no y sin escucharnos, nos ofendió ante los medios públicos y descalificó, sin conocimiento alguno de causa, nuestros testimonios, llamándonos mentirosos y resentidos [La Jornada, 24-04-97).

El mismo arzobispo de la ciudad de México, monseñor Norberto Rivera Carrera, nos difamó públicamente, como consta en la edición de “La Jornada (12-05-97)” al insultarnos a nosotros y al periodista Salvador Guerrero Chiprés, autor de la serie de los cuatro artículos sobre el tema, conminándolo con estas palabras: “tú nos debes platicar cuánto te pagaron…” (se hizo grabación electrónica). Siendo mexicanos casi todos los ex legionarios que hicimos las revelaciones y siendo monseñor Norberto Rivera Carrera el pastor eclesial correspondiente más inmediato a la mayor parte próxima de nosotros, jamás nos convocó para poder conocer de nosotros mismos nuestra versión completa de los hechos manifestados y cuestionarla bajo cualquier procedimiento jurídico: canónico o, si procediera, del derecho positivo correspondiente. No. Simplemente y faltando a una de sus funciones de epí-skopos o supervisor (pues si el padre Maciel Degollado no depende de él, varios de nosotros, como fieles, sí), prefirió ofendernos ante cámaras y grabadoras y tomar partido incondicional por la parte poderosa, a la que nosotros señalamos como victimaria de nuestros cuerpos y de nuestras almas, antaño, y, ahora, de nuestro nombre y prestigio de hombres de bien. Si el haber comunicado nosotros a los medios, y no a él, arzobispo de la Ciudad de México, los hechos impugnatorios fuese la razón de su desatención, podría haberlo así manifestado; pero no fue el modo sino el contenido de nuestras palabras lo que, sin investigación alguna, descalificó en todo momento. Y no nos dirigimos a él porque dicasterios eclesiásticos vaticanos superiores, directamente responsables del seguimiento de tales casos, tampoco han contestado nunca desde 1978 y 1989 a los testimonios, oficialmente protocolizados, de dos de nosotros abajo firmantes.

De Vuestro anterior delegado y, luego, nuncio apostólico, monseñor GirolamoPrigione, de quien parte de la opinión eclesiástica y laica mexicana se ha expresado tantas veces negativamente en extremo [cfr., por ejemplo, El Universal, suplemento especial Bucareli Ocho, Año 1, Nº 14, 24-08-97] y de cuya ingrata memoria en México parece preferirse no hablar ya, no cabía esperar atención ninguna a la presentación de nuestra queja. Él tuvo también la oportunidad de interrogarnos en servicio Vuestro, de la verdad y de la Iglesia, y de dirigir la información recabada a la congregación romana correspondiente, pero prefirió callar y aparecer intencionalmente con el Padre Marcial Maciel Degollado y el arzobispo Rivera Carrera en una notoria fotografiada de primera página periodística [La Jornada, 22-04-97] apenas días después de publicarse nuevas revelaciones en el mismo diario, indicando con esa yuxtaposición de las imágenes, sin que mediase investigación alguna, que también él descalificaba totalmente nuestras revelaciones.

Perdonadnos el mencionarlo, Santo Padre, pero hay personas que se sentirían tentadas a pensar también de estos jerarcas, como Baruch Spinoza de los altos clérigos de su época, que “…si tuviesen realmente una sola chispa de luz divina, no se equivocarían con tanta arrogancia sino que aprenderían a amar a Dios con más sabiduría y destacarían tanto entre los demás hombres por su capacidad de amor como sobresalen ahora por su malicia”. [TractatusTheologico-Politicus, Prefacio].

Acudimos, sí, hace tiempo, como antes a otras personalidades eclesiásticas (y revelamos este dato aquí y ahora por primera vez) a otra alta instancia jerárquica, el Cardenal CahilDaly, primado de Irlanda, después que él valientemente afirmó, a través de la British BroadcastingCorporation [cfr. El Universal, México, secc. Internacional, 2-01-95] que sería firme y que no encubriría a clérigos que tuviesen algo que ver con su país si hubiesen delinquido por abuso sexual. Podemos probar con la respuesta dada, casi dos años después [6-12-96], por medio de un asistente particular suyo a los investigadores del periódico Hartford Courant, Gerald Renner y Jason Berry, que sí había recibido una muy delicada misiva firmada entonces por cinco de nosotros, fechada el 5 de febrero de 1995, la cual le había sido entregada personalmente. Sin embargo, el Cardenal CahilDaly, ni siendo aún el primado de Irlanda, ni después de serlo, no nos contestó nunca, ni en público ni en privado, a pesar de sus promesas ante la BBC de Londres y a pesar de que en nuestra carta le rogábamos claramente que nos indicase sus instrucciones para dar seguimiento a nuestra información, por medio de nuestro propio mensajero, quien por obvias razones de confidencialidad, desconocía el contenido del envío que entregó en manos de su Eminencia. Constará, pues, a quienes deseen verificarlo que, aunque frustrado contra nuestra voluntad, el esfuerzo de comunicación privada y directa con el Cardenal Daly como miembro de la alta jerarquía católica es una prueba de la discreción y moderación con que durante tanto tiempo siempre quisimos tratar tan delicado asunto antes de aceptar la intervención abierta de algunos medios públicos de investigación y difusión.

Testimonios internos de la Legión de Cristo

Así pues, Santo Padre, no se trata de un “¿por qué ahora?”, como el padre Marcial Maciel Degollado y sus voceros o sus solapados amigos de diversos medios de comunicación gráfica, radiofónica y televisiva, han querido que piense confundidamente la gente. No. Que se revisen los libros mismos (publicados con escasísimo conocimiento del método histórico y con inescrupulosa simplificación y deformación de los hechos) que tocan aspectos de la vida del Padre Marcial Maciel Degollado. Léase en el texto redactado por el P. Owen Kearns, L.C. et al., Legionarios de Cristo, Cincuenta aniversario [México, Imprenta Madero, 1991], cómo, ya de joven, “al fallecer su tío Don Rafael [Guízar y Valencia, obispo de Jalapa] se suscitaron algunas [‘] incomprensiones [‘]; [y] Marcial tuvo que abandonar el seminario de Veracruz” [op. cit., pág. 239]. Léase allí mismo cómo en el siguiente seminario, el de Montezuma, New México, Estados Unidos de Norteamérica, en el que estuvo solamente 18 meses (del 2 de septiembre de 1938 hasta la noche del 17 de junio de 1940, bajo matrícula nº 428 [Cfr. Montezuma en sus ex-alumnos, del P. José Macias, S.I., México, Ed. Progreso, 1962] cómo “mientras tanto, sin embargo, habían surgido también aquí algunas [‘] incomprensiones [‘] [otra vez]” y cómo ésa, “la noche del 17 de junio de 1940 Maciel tuvo que dejar el seminario…” [Legionarios de Cristo, Cincuenta Aniversario, pág. 23], dato que completa el P. J. Alberto Villasana, L.C., indicando que fue tan tajante y súbita la orden de expulsión esa noche, que el padre rector del Seminario [Don Agustín Waldner, S.I.], se negó totalmente a la solicitud del ya ex seminarista para hablar con él. [Una fundación en perspectiva. Evocación histórica, Roma Instituto de los Altos Estudios de la Legión de Cristo, 3 de enero de 1991, pág. 65]. Léase también en la página 31 de la misma obra redactada por el P. Owen Kearns, L.C., et al. que, después del apoyo brindado, hasta 1949, por el prestigiado moralista P Lucio Rodrigo, S.I., de la Universidad de Comillas, entonces en Santander, España, éste hombre tan ponderado, al igual que el rector de esa institución, el P. Francisco Javier Baeza, S.I., empezó a enviar informes negativos a las autoridades eclesiásticas: “…Pero después también llegaron otros informes con acusaciones infamantes…” [El padre editor no da absolutamente ninguna explicación, ni mínima siquiera, al respecto. Obviamente frente al Padre Marcial Maciel Degollado y su conducta personal privada todo el mundo parece haber estado siempre equivocado].

Pero léase la propia carta del mismo Padre Marcial Maciel Degollado, quien, ya desde el 20 de noviembre de 1953, escribía desde Chihuahua, México, bajo el apartado 2, “La vida es una y se vive una sola vez: En mi entrega me sorprendió la batalla de la calumnia y la difamación…”. [Mensaje, Cartas del Fundador del Regnum Christi, M.M.L.C., Roma, 1986, pág. 19], demostrando así el mismo que ya desde aquellos años era acusado de varias faltas cuya naturaleza él prefirió mantener velada; pues, al instarnos a “cerrar filas” y a obrar con “espíritu de cuerpo”, como solía, se refería siempre a los “ataques de difamación y calumnia” de “sus enemigos”, pero sin mencionar nunca, ni veladamente siquiera, quiénes fuesen esos “enemigos” ni tampoco la naturaleza ni el contenido de tales ataques.

Nadie, pues, podrá restar fuerza al significado de esos autotestimonios ni negar que provienen de fuentes favorables al padre Marcial MacielDegolado o de el mismo, no de “enemigos”, como él frecuentemente calificaba en sus cartas “ad usumnostrorum tantum”, en conversaciones privadas y charlas abiertas a quienes disentían de él, sobre todo en lo respectivo a su conducta moral.

¿Por qué tantos callamos tanto tiempo?

Es verdad, Santidad, que, psicológicamente amordazados y con una mal entendida lealtad a la institución y al Padre Marcial Maciel Degollado, siete de los firmantes de esta carta dirigida a Vos (pues uno, para entonces, ya había salido de la institución) ocultamos la verdad y mentimos en nuestra juventud ante los investigadores de El Vaticano cuando fuimos interrogados en Roma acerca de su conducta moral, en 1956, y es cierto también que después callamos durante largo tiempo; pero psicólogos, psiquiatras y otros especialistas de las ciencias socias y del espíritu pueden probar que el silencio de las víctimas de cierta clase de abusos, y sobre todo bajo los efectos perdurables de un sometimiento psicológico y religioso intenso, mientras más prolongado, es más señalada la hondura del daño causado por la poderosa inhibición interior impuesta por las depredaciones espirituales originadas, en nuestro caso y con tanto dolor y confusión, en aquel de quien menos deberían provenir.

¡Ah, Santo Padre, si tantas bocas calladas dentro y fuera de la Legión de Cristo hablaran ahora, valientemente leales a la verdad y a la Iglesia, y menos amordazadas por el largo hábito de la incondicional pertenencia institucional, o por el temor de perder, ya fuera, su imagen social o ciertos beneficios generados por su silencio!

Ved: como casi todos entrábamos muy jóvenes en la institución, por ello viven aún muchos sabedores de la realidad de las tristes verdades expuestas: unos que sí hemos escrito nuestro testimonio y otros que no lo han hecho, de que el mal moral del abuso sexual, del mal ejemplo de la inveterada adicción al uso de la morfina en privado pero delante de nosotros y de otros, de los cuales varios tenían, incluso, que conseguírsela, y del profundo y arraigado hábito de simulación y engaño por parte del Padre Marcial Maciel Degollado tuvieron su origen desde las primeras décadas de la Legión de Cristo. Tenemos conocimiento y convicción de que quienes hemos hablado o escrito acerca de estos males no representamos sino una muy pequeña parte de la totalidad de víctimas de los daños morales continuados durante largos años, almas adolescentes y jóvenes desprotegidas, antaño, por nuestra familias, desgraciadamente tan lejanas ¡y tan cristianamente confiadas!

Considerad también, por lo que toca a nuestra residencia y no supervisada minoría de edad en el extranjero, que México, la patria de la mayor parte de nosotros, no mantenía relaciones con el gobierno español durante aquellos años y que, en el caso de nuestra permanencia en Roma, no podía tratarse de la improcedente relación de un gobierno laico con una institución religiosa de un catolicismo escasamente reconocido oficialmente en nuestro propio país; por lo cual quedaba descartada toda posible vigilancia sobre nosotros de parte de nuestras autoridades civiles.