Nos había tocado el hijo del presidente del Congreso. No debíamos dejar su culo las 24 horas del día. Éramos un operativo de seis personas que no nos conocíamos entre nosotros, debiendo vigilar al muchacho por turnos, que nos iba marcando Álvaro. A mí me toco por la mañana. Vivía en un pedazo de casa increíble en un pueblo de Toledo. Sus padres se habían separado y él todavía vivía con la madre en el hogar familiar. A eso de las 10 de la mañana salió a toda leche en un Porsche Carrera último modelo camino de la hípica de papá. Después de desayunar en la cafetería, se cambió y con un pura sangre español se tiró toda la mañana saltando barreras como parte de su entrenamiento. Sobre las 13:30 apareció una pedazo de yegua humana, conocida como Verónica Vlume, la actriz del momento, que se lo llevó a comer a un reservado del “Moma”, el restaurante más pijotero.

Me quedaba poco de vigilancia por la hora que era. Pero en los seguimientos, primero se asegura muy bien la posición del relevo y luego se da puerta al que está. A las 15:17 horas me llegó el eminoco de un barco al móvil, lo que significaba: mañana más. Observé cómo el chavalín del presidente se levantaba a saludar a alguien que parecía extranjero, rubio de casi dos metros, de aspecto atlético. Le conocía de algo, le había visto hace años, pero no sabía de dónde. Tengo una memoria fotográfica; se me olvidan los nombres, pero nunca las caras, y a este le conocía. Era cuestión de tiempo que el disco duro de mi cerebro lo localizase. Pero ahora no salía.