Volví a llamar al narco Mario. Me dijo que los yonquis no aparecían. Me estaba cansando de la situación.

-Mira, Mario querido. Creo que no te estás tomando  interés en este tema. Como no sepa en 48 horas dónde están estos dos pobres desgraciados, emigra rápido a Colombia porque en España se acabaron tus chanchullos.
-¿Pero cómo me vienes ahora con esas? ¡Si no he parado de buscarlos!
-Me da igual lo que hagas. O me los encuentras rápido o estás jodido. Muy jodido. ¿Lo has entendido, cariño?
-Ok, veré lo que puedo hacer.
-No, joder. O los encuentras o te vas a tu puto país con una buena somanta de hostias. ¿Lo has entendido? -le grité desde el móvil mientras una señora que me había escuchado paseando al perro se apresuraba a cambiarse de acera.

Me daba la sensación de que se me estaban adelantando. Daba por seguro que los yonquis estaban bajo tierra. Ahora mi objetivo era localizar rápidamente al Padre González.

En el “Colegio Everest” me dieron el teléfono de la residencia de ancianos Ballesol, donde hacía tiempo que pasaba sus días el Padre González. Me dijeron que llevaba dos días sin aparecer. Se puso el director rápidamente al teléfono. Se le oía bastante preocupado. Le dije que no era ningún familiar, que tan solo le buscaba para que ver si podía casar a mis sobrinos, que era un feligrés de la parroquia donde oficiaba el sacerdote.

Era todo muy extraño. Había salido dos días atrás con un sacerdote extranjero y no existían noticias de su paradero. El director de la residencia daría parte a la Policía esa misma mañana.

Cada vez lo veía más claro: alguien no quería dejar rastro de todo lo relacionado con el Padre Mateo y las apestosas violaciones. Me debía dar prisa o no lo iba a conocer.

Llamé a María al móvil a pesar de que se encontraba en su horario de trabajo. Antes de que me diese señal, me entró una llamada de Álvaro.

-Esta noche donde siempre.
-Pues esta noche no voy a poder. Tengo unos temas familiares urgentes.
-No me jodas,Bairos.
-Sí te jodo,Álvaro. Me imagino que será para organizar el operativo nuevo. Déjamelo donde siempre y mañana me incorporó.
-Una más y canto. Y ya sabes lo que eso significa.
-Sí, tranquilo.

Cuando hay algún nuevo operativo, siempre los organizamos el día anterior. Pero ahora o avanzaba con lo de la directora o se me iba a ir todo de las manos.

“Donde siempre” es un apartado de correos en el que me deja un sobre con las instrucciones. A pesar de todo, con Álvaro muy pocas veces utilizamos las nuevas tecnologías para comunicarnos. Álvaro conocía a fondo “la casa” y sus rastreos permanentes de los colaboradores. Nosotros éramos colaboradores continuos y en nómina, con lo que nuestro culo era siempre vigilado una vez por semana.

-José María, ahora estoy trabajando, pero tengo lo que me pediste. Pero te va a costar una cena.
-Encantado de invitarte a donde quieras, pero este tema está siendo un poco urgente. Con lo que si me mandas por email lo que tengas te prometo que la próxima semana vamos donde tú quieras.

Me colgó, en menos de un minuto recibí un email con la dirección y el teléfono del doctor Jorge Pereira.

Me hice pasar por el inspector Nadal: “Estamos investigando la desaparición del Padre González”. Noté un tono angustia en su voz, pero en una hora me recibiría en su chalé de la urbanización de Somosaguas.

Cuando llamé al timbre, me recibió un chulito engominado que decía ser su hijo Jorge. Con muy malos modales me dirigió hacia el despacho de su padre.

-Perdonen las horas -les mostré la placa, más falsa que Judas, que solía emplear para estas ocasiones.
-Bueno,señor Nadal. ¿En qué puedo ayudarle? Como le dije por teléfono, llevo años jubilado y al padre González hace más de tres años que no le veo. La última vez fue en las navidades de 2009, cuando nos reunimos un grupo del Colegio Everest para recordar viejos tiempos.
-¿Sabe lo de la muerte del Padre Mateo?
-Sí, una verdadera tragedia.
-Bien, señor Pereira. No le quiero asustar, pero por alguna razón todas las personas relacionadas con el Padre Mateo están despareciendo del mapa desde hace menos de una semana. No quiero ser cenizo, pero le ruego que tome máximas precauciones a partir de ahora. No sabemos a qué o a quién nos estamos enfrentando, pero hay algo claro: los quieren fuera.
-¿No estará exagerando, inspector? -espetó el pipiolo engominado.
-Mire, joven, sólo le estoy recomendando lo mejor a su padre. Aquí les dejo mi tarjeta. En el caso de que vean u observen algo raro, pónganse en contacto conmigo.

Nada más salir le mandé un mensaje al verdadero inspector Nadal disculpándome por la usurpación de su persona, pero la premura del caso lo exigía.

Me quedé un rato fuera del chalé. Al cabo de los diez minutos salió su hijo en un flamante “mercedes” deportivo de dos plazas.

Ahora el “Doctor JP” mediría bien sus pasos. La seguridad de la casa parecía bastante buena. No creo que a mi competidor le diera por eliminarlo tan rápidamente. Yo sé lo que buscaba: el archivo que tengo en el pen colgado de mi llavero.

Estaba seguro que me vigilaba desde el principio, pero debía de ser bueno, ya que había sido especialmente cuidadoso en todos mis pasos y no había observado nada anormal. Perecía un profesional del campo, pero ya caería.

Me fui a dormir. Seguro que más tarde las escuchas de las cintas provocarían algún seguimiento.