Me encontraba con Jonás limpiando el primer piso de oficinas del grupo de comunicación que estaba jodiendo al presidente del Senado. Todas estas misiones no existían. En el caso de que nos descubriesen, debíamos aguantar el tirón y negarlo todo. En el caso de que cayese una condena, no quedaba más remedio que comernos el marrón. Es lo que tiene esta profesión de mierda: no existes, ni existirás nunca. Eres necesario en todo estado de derecho, pero nadie reconocerá nunca tu existencia.

Jonás interceptaría un dispositivo en la centralita telefónica de las oficinas del grupo de comunicación. El principal obstáculo era la sala de comunicaciones de la empresa, donde estaban alojados todos los servidores. La sala estaba justo detrás de la recepción de la empresa, donde se encontraba la seguridad del edificio. Además, en los aledaños de la sala se encontraban varios despachos ocupados por el equipo informático de la empresa.

Habíamos burlado el control de seguridad de la empresa a través de la contrata que estaba a cargo de la limpieza. Estábamos debidamente uniformados con los atuendos de la empresa “Eulen Limpiezas” y dispuestos a realizar nuestra ronda por todos los pisos del edificio. La ruta acostumbrada era de arriba a abajo. Primero se empezaba por los despachos de la planta más alta, que correspondían a los directivos, para más tarde ir bajando hasta la planta baja. Después de cuatro horas, cuando eran las 23:27 horas y estábamos terminando las labores de limpieza de la planta primera, oprimí mi primer mando a distancia. Una enorme explosión de un vehículo aparcado en Paseo de la Castellana hizo que todas las alarmas del edificio saltaran. Había cargado a conciencia de dinamita el coche para que pareciese un atentado real. Comprobé que la calle estuviera despejada para no hacer daño a ningún viandante despistado y el Opel Corsa robado aquella tarde voló por los aires, dejando un escenario desolador.

En los estudios de la planta baja estaban emitiendo un popular programa que contaba con la participación de un destacado político. Rápidamente, su escolta se lo llevó en volandas. A todos los empleados se nos ordenó que abandonásemos el edificio lo antes posible.

Ese era nuestro momento. Nos cambiamos en el baño rápidamente de uniforme y de limpiadores pasamos a ser policías nacionales que organizábamos la evacuación del edificio. Le dije a Jonás que tan solo contaría con cinco minutos escasos para poder colocar el dispositivo. Evacué toda la sala de informática y le deje trabajando.

Cuando la situación se estaba empezando a descontrolar, Jonás salió con su maletín directamente a la calle. Aquello significaba que el dispositivo ya estaba instalado. A pesar de que habría una meticulosa inspección de todo el edificio por parte de la Policía, incluyendo la sala de comunicaciones, Jonás era todo un profesional. El dispositivo era muy pequeño y estaba perfectamente camuflado en la centralita.

La furgoneta de grabación debía ser itinerante. Después del supuesto atentado, era una temeridad tener un coche aparcado más de la cuenta en el área de la empresa.

Al día siguiente comprobamos que todo funcionaba perfectamente. Todas las llamadas entrantes y salientes estaban siendo grabadas. Después, un grupo desconocido por mí, las analizaría. Un trabajo bien hecho.

Esto era sólo el principio. Las grabaciones desvelarían algún hilo del que tendríamos que tirar más adelante. Pero por lo menos me dejaba algo de tiempo para seguir con mi investigación.