-¿José María, por favor?
-Sí, soy yo. Dígame.
-Soy María, del “Colegio Everest”. Mira, el otro día no sé lo que me pasó. Me comporté como una loca, perdona. No te di ni la oportunidad de saber lo que querías.
-No te preocupes.
-Sí me preocupo. Aunque no te lo creas, no me suelo comportar así con la gente. Pero me dio mucha rabia que me mintieras.
-Ya, perdona.
-Bueno, si quieres podemos vernos.
-Seguro. ¿Cuándo?
-Salgo a las tres, como bien sabes.
-Vale, estaré en la puerta del colegio.
-Estupendo. Allí nos vemos.

No me esperaba en absoluto la llamada de María. La daba completamente por perdida para el caso. Pero mira, una vez más la vida te sorprende.

Nos fuimos a la cafetería Manila, en la calle Juan Bravo. Volví a explicarle que estaba llevando un caso y que me sería de gran utilidad que me diese todos los datos posibles de la directora y del Padre Mauro.

Me dijo que haría lo posible por averiguar cosas, pero que de “detallitos”, ninguno. Me comentó que como mucho aceptaría una cena conmigo.

Me encantó la idea. La verdad es que me había gustado desde el principio. Tenía luz en su cara. No sé. era como una muñeca grande. De pequeña debió de ser preciosa.