Aldo había revuelto la habitación del Padre Julián con los dos yonquies pero no había encontrado nada. El estruendo que provocó la Carmen cuando Aldo le dio “matarile” al padre provocó que tuvieran que salir antes de tiempo del apartamento.

Sabía que existía un archivo que el cura le había enviado al Padre Julián. Lo leyó en el email que le envió. Pero no tuvo tiempo para poder localizarlo en la casa.

Ahora se encontraba en el Motel Los Olivos, en la carreta de Andalucía, un conocido picadero de antaño al que la M-50 le había jugado una mala pasada. Estaba en territorio de nadie, ya que no se veía desde la carretera, con lo que la afluencia de clientes había bajado en un 75 por ciento.

El Padre González tenía 83 años, llevaba años jubilado. Al principio Aldo se presentó como sacerdote romano que iba a ser Capellán de una parroquia del centro. Le enseñó una carta que llevaba el sello del arzobispado de Madrid. Pero el Padre González era perro viejo y malo de nacimiento, con lo que le espetó: “Bueno, ¿me matas a ahora o esperamos un poco más?”.

No ofreció ningún tipo de resistencia. Se dejó trasladar al motel como un abuelo más.La entrada de dos curas en una habitación de un motel le sorprendió un poco el recepcionista, pero cosas más raras había visto.

La reprimenda moral de Aldo al Padre no sirvió de nada. Enrique González estaba sentado en la cama como una estatua. No decía nada, tenía la cabeza gacha. Tan solo le dijo en su casa: “Ya sé quién eres y lo que has venido a hacer conmigo. No te diré absolutamente nada”.

Aldo comprobó que el discurso moral no daba sus efectos. Pero emplear la fuerza física con un anciano no era lo que más le motivaba.Al cabo de siete horas de interrogatorio comprendió que estaba perdiendo el tiempo. El Padre González no hablaría. El final había llegado.
Aldo abandonó el motel junto con el padre, se fueron por la carretera de Barcelona, pasado Guadalajara, desvió el coche hacía el pueblo de Iriépal. Antes de llegar salió por una carretera secundaria y sin que el padre se diese cuenta le metió dos tiros calibre 22 en el cerebro. Aparcó el coche, sacó un bidón de gasolina del maletero y dejó que el Padre González se quemase en la eternidad.