“Tu padre es tan solo un medicucho de la calle Goya”. Éstas eran las palabras que le habían vomitado a su hijo en el colegio. Le habían llegado al alma. Trabajaba por la mañana en un ambulatorio de la calle Hermosilla. Por la tarde pasaba consulta en su piso en la calle Goya. El piso era bastante pequeño para tres hijos y el perro. Era alquilado y suprimió una de las habitaciones para convertirla en despacho y sala de observación. Su especialidad era la ginecología. Como buen piso compartido, y aunque había una puerta de separación en el pasillo, muchas pacientes tenían que soportar a la perra Tora cuando se escapaba o esquivar algún juguete de sus hijos.

El Doctor Pereira tenía 49 años. La vida no le iba nada mal. Casado desde hace 24 años con su mujer Paloma, veraneaban en Benidorm todos los años y sus hijos iban a colegios privados. Era una vida cómoda, aunque sin ningún tipo de lujos. La gran mayoría de compañeros de la carrera habían triunfado y tenían grandes consultorios privados que les daban un status bastante más desahogado.

Él se lo planteó alguna vez. Pero tres hijos en casa te hacen considerar la vida más en términos de seguridad para el mañana.

Las ofensas del niño del colegio le habían tocado de pleno. Quizás era lo que había pensado de sí mismo muchas veces: un medicucho de la calle Goya.

El Padre Mauro,que ejercía como maestro del Colegio Everest, había sido profesor de lengua de su hijo Jorge. Todos los chicos del colegio conocían su ramalazo, pero como la madre de Jorge era la directora del colegio, al Padre Mauro no se le pasaba por la imaginación llamarle nunca a tutoría en su despacho, que era como empezaban todos los tocamientos a los alumnos.

“Qué guapo estas hoy”, “qué bien te sienta este cambio de pelo”… Los chicos no le daban demasiada bola, pero el Padre tenía una mirada maligna de lujuria. Se podía observar claramente que era un enfermo.

Paloma había llegado a la dirección del centro como profesora en prácticas para más tarde quedarse con la plaza de Inglés que daba en los tres últimos curso de la EGB. Católica, sin grandes convicciones religiosas, poco a poco fue profundizando en la doctrina de los Legionarios de Cristo. Era la primera en acudir a los retiros espirituales y pasó a dar también la clase de religión a los escolares para posicionarse en dos años como Jefa de estudios. Pero sin duda lo que marcó a la familia Pereira fue el viaje del Papa Juan Pablo II a México en 1979, cuando varios sacerdotes y alumnos del centro se trasladaron a Mexico DF a visitar a su santidad y conocer al Padre Marcial.

De vuelta a España, la profesora Paloma, después de los consabidos nueve meses, daría a luz a su hijo Jorge y se convirtiría en directora del “Colegio Everest” de Madrid.

Así fue como del pisito de la calle Goya, la familia Pereira se trasladaría a un pisazo de 300 metros cuadrados situado en la calle Lista 17 del barrio de Salamanca. El doctor Pereira abandonó el ambulatorio y la consulta privada en su casa para entrar a trabajar en el Departamento Internacional de Inversiones de la Banca Parch de Madrid, a pesar de tener experiencia cero en ese nuevo sector.

Con el nuevo trabajo en la banca tenía ingresos de sobra. E incluso iba a mandar a Estados Unidos al primogénito, Jorgito, para aprender inglés.