El “Colegio Everest”se encuentra en la calle Rosas, situada en la urbanización de Monteclaro, en Pozuelo de Alarcón.

Cuando no tengo nada y debo investigar algo en algún sitio, me voy a un bar para poder observar los perfiles susceptibles de poderme dar rápido la información que busco. Este bar, al igual que todos los de los colegios,está frecuentado por una mezcla de alumnos y profesionales del centro. Era la hora del desayuno. Todos tomaban el común café con leche más todas sus variantes: tostadas de pan con tomate y aceite, croissants, churros, porras… El personal no me decía nada; algunos profesores comentaban el fin de semana, camareros aburridos y muchos escolares jugando.

Decidí irme al departamento de Administración. Entré en la sala con aire de despistado. Nada más entrar la vi de forma directa. Tenía unos treinta y tantos largos, cara de muñeca, ojos azules y una gran luminosidad en toda su cara. Estaba pegada a la pantalla del ordenador y no se dio cuenta de mi presencia.

Me atendió su compañera Clara. Ese era el nombre que aparecía en la placa de identificación. Le comenté que quería informarme de los requisitos necesarios para formalizar la reserva de mi hija para el próximo curso. La administrativa, de forma muy desagradable, cortó de cuajo mi presentación.

-Señor –me dijo-, rellene estos formularios y nosotros le daremos contestación en breve. ¿Conoce a alguien del centro?

-Pues no. Me han hablado muy bien de este colegio y vivimos a dos manzanas de aquí.

-Bueno, como le dije, le contestaremos en breve.

No me quedó más remedio que abandonar la sala.Pero ya tenía decidido quién sería mi anzuelo para averiguar lo que escondían Paloma Pereira y el Padre González.

En el bar me informé sobre qué turno de mañana se terminaba a las tres de la tarde. Me fui a ordenar mi casa y preparar un seguimiento de la impresionante administrativa.

A las tres de la tarde estaba en la acera de enfrente del colegio, esperándola. Salió a las 15:20 horas, iba acompañada de un par de compañeras de trabajo y se dirigieron a la estación de cercanías de Pozuelo de Alarcón. Una vez dentro, se despidieron de una de ellas, tomando la línea 7 dirección a Nuevos Ministerios. La compañera se bajó en la parada de Ramón y Cajal. Ella cogió la línea 6 hasta Diego de Léon, donde hizo transbordo para la línea 5 y continuó hasta el final, la Alameda de Osuna. Anduvo un par de calles y se metió en una torre de la zona. La Alameda de Osuna es un barrio residencial situado al lado del aeropuerto de Barajas que en su época estaba habitado mayoritariamente por profesionales de la aviación. Bastante tranquilo.

No había comido todavía y mi querida administrativa seguro que no saldría en las siguientes horas. Me confundí de pleno. Cuando abandonaba el lugar, la vi salir con un pastor alemán precioso para que hiciese sus necesidades. No era un buen momento para mi presentación, pues en plena calle la gente tiene mucho miedo. Hay mucho loco suelto. Necesitaba abordarla dentro de un entorno, en algún establecimiento. Pero bueno, ahora sabía que por la noche el pastor alemán seguro que también volvería a salir. La dejé paseando al perro y me fui a comer al primer bar que viese abierto.

Cuando estaba entrando en uno, recibí un mensaje en la Blackberry que utilizaba con Álvaro para nuestras comunicaciones. La pauta siempre era la misma: me mandaba una palabra en el mensaje y eso significaba que le debía llamar desde un teléfono fijo al número de siempre. Nuestras comunicaciones oficiales siempre se grababan, con lo que era muy escueto en la interlocución.

-Mañana a la 7:00 horas donde siempre.

-Ok,Álvaro. Allí estaré.

A las 17.00 horas estaba en un pequeño parque observando la entrada del edificio de pisos de mi administrativa favorita. No salió hasta las 18:43 horas. Se había cambiado de ropa y llevaba una bolsa de deportes.

Se fue a un gimnasio de barrio para realizar una clase de Pilates, como supe después.No tengo nada en contra de esta práctica, pero me parece que es un poco para viejos y viejas con el culo gordo. No sudan ni una gota, tan solo mueven el cuerpo un poco. Dicen que es bueno para la elasticidad de los músculos, pero no sé. Me parece que es una actividad para la tercera edad. Bueno, a esperar otra vez. Salió a las 19:40 con bastante prisa. Se había duchado y llevaba los rizos de su cabello mojados. Dos calles más arriba se metió en un Mercadona. Ahora era el momento. Había escenario para provocar una presentación casual. Se fue directa a la frutería, la dejé estar, pero en el lineal de las mermeladas la abordé.

-Perdone, ¿no sabrá dónde se encuentra la vainilla líquida?

-Ni idea, no trabajo aquí. Si la quiere en rama, me imagino que estará donde las especias.

-Ah, gracias. Mira, es que soy nuevo en el barrio y todavía no me conozco el súper.

-Muy bien.

No me dio ni bola. Me dejó plantado en medio del pasillo. Más tarde vi que enfilaba la cola de caja y me puse detrás de ella.

-Tenía razón, sólo la tienen en rama –dije enseñando los dos palitos que contenía el plástico.

-Bueno, mejor eso que nada. Me imagino que será para un postre. Le recomiendo que la ralle y luego la diluya en un poco de agua. El efecto es mismo.

-Eso haré. Por cierto, mi nombre es José María Varea. ¿Con quién tengo el gusto?

-María Ortega –respondió tendiéndome la mano.

Ahora era el momento clave de la conversación, en el que las banalidades se debían convertir en confianza para que la pudiese acompañar a la calle.

Lo obvio era preguntarle si venía del gimnasio, qué era lo que hacía allí y toda esa mierda. Parece que funcionó y nos fuimos andando juntos. Le dije que esa era también la dirección hacia mi casa.Nos despedimos en la puerta de su portal.

-Bueno,María, ha sido un placer. Espero que nos volvamos a ver por el barrio.

-Seguro que sí. Buenas tardes.

Cuando llegué a casa miré en Páginas Blancas la dirección de su casa buscando a algún Ortega. Allí estaba Arturo Ortega Mejido, debía de ser su padre. O todavía vivía con sus padres o el piso era de ellos y ella vivía allí.