Nairobi, Kenia. El continente africano, salvo Sudáfrica, se ha convertido en estos últimos años en pasto de secuestros de occidentales como moneda de cambio para que Al Qaeda o mafias perfectamente organizadas ganen enormes cantidades de dinero.

El país pionero fue Somalia, donde no existe estado de derecho. Está gobernado por tribus locales que rápidamente vieron la enorme rentabilidad que les suponía el secuestro de barcos pesqueros extranjeros.

Una vez ejecutada la interceptación, empieza un protocolo perfectamente diseñado, en el que un bufete de Londres se pone en contacto con el armador y pide una cantidad económica. A partir de aquí, se abre un proceso de negociación en el que el tiempo y la paciencia de  los  secuestradores marcan el destino final.

Son gente que no tiene absolutamente nada que perder. Disponen de todo el tiempo para  que el dinero llegue y se pueda realizar el canje. Generalmente los malos tratos y las torturas de los secuestrados no son excesivos, ya que bien saben que si matan a los secuestrados se acaba todo el negocio.

Los secuestros pueden durar años. Los interlocutores en muchos casos son gobiernos de los países de donde son originarios los miembros de la tripulación.

Ya en 2009, el buque “Alakrana” fue secuestrado por piratas a 413 millas de las costas del sur de Somalia cuando faenaba lejos de la zona protegida por la Operación Atalanta, pero dentro de la zona de seguridad en aguas internacionales.

El 17 de noviembre de 2009, tras 47 días de secuestro, el “Alakrana” fue liberado tras el pago de un rescate de unos cuatro millones de dólares. El gobierno español nunca reconocería este pago.

Nosotros, la plantilla B del CNI, somos un personal que sin estar en nómina presta servicios habituales al gobierno español. La ventaja es que nosotros no somos nadie, no representamos a ningún organismo o país. Siempre desaparecemos sin dejar rastro, salga bien o mal nuestra misión.

Ahora me encontraba en Kenia intentando seguir la pista de dos cooperantes españolas secuestradas en el campo de refugiados keniano de Dadaab, a unos 100 kilómetros de la frontera con Somalia.

Los Señores de la Guerra de Somalia ya no se conformaban con los barcos pesqueros.Las dos cooperantes secuestradas son una joven de 30 años de Arjona  (Jaén) y otra madrileña de 42. Las dos cooperantes, pertenecientes a la ONG Médicos Sin Fronteras (MSF).

Fueron secuestradas en el campo de refugiados keniano de Dadaab, a unos 100 kilómetros de la frontera con Somalia por la milicia radical islámica “Al Shabab”, una organización armada que desde hace años ejecutaba frecuentemente atentados, muchos de ellos suicidas, en territorio somalí y que se encontraba estrechamente relacionada tanto con “Al Qaeda” como con las extensiones territoriales de esta estructura terrorista en la Península Arábiga y en El Magreb.

En los últimos días circulaba el rumor de que la organización las había trasladado a la ciudad costera somalí de Kismayo, hecho este sin confirmar por las autoridades kenianas.

Álvaro y yo nos encontrábamos en Nairobi, intentando contactar con los enlaces franceses en la zona para que nos pudiesen dar alguna pista del paradero de las muchachas.

En Kenia la presencia de occidentales caucásicos, aunque no son vistos con muy buenos ojos, al tener un nivel de vida 100 veces superior a la población local, es bastante más normal que en Somalia, donde la  sola presencia de alguien con piel blanca le convertía en un objetivo prioritario de extorsión.

En el grupo de cooperantes secuestrados, había también dos ciudadanas francesas que estaban siendo buscadas por su gobierno. Francia, debido a las colonias, disponía de una mayor red de compañeros de piel negra que se podían infiltrar con más facilidad en la frontera Somalí.

Nuestras instrucciones eran esperar a que los franceses nos aportasen algunas pistas del paradero de las españolas.

Estábamos hospedados en el “SouthernSunMayfair Nairobi”. Nuestras ordenes era esperar a que los franceses nos aportasen algunas pistas del paradero de las españolas

-Bueno, sabemos algo de los “gabachos” -le comenté a Álvaro-. Esta noche he quedado para cenar con Pier. No saben exactamente si las han trasladado a Somalia. Puede ser una pista falsa que ha tragado el anzuelo la prensa internacional para despistar. Igual están más cerca de lo que creemos. Luego te cuento. ¿Qué vas a hacer esta tarde?
-No sé, estoy muy aburrido de estar aquí encerrado. Ya me lo sé todo. Igual me acerco al centro a darme una vuelta.
-Haz lo que quieras, pero con cuidadito. Ya sabes dónde estamos.

Nairobi es la ciudad más poblada de África Oriental con una población urbana estimada de entre tres y cuatro millones de habitantes. Es el puto caos, coches y motos por todas partes. Todo vale, es la ley de la selva, la gente va a su absoluta bola. Me dirigí a un mercado del centro para comprar algo de fruta cuando recibí la llamada de Álvaro.

-Vente al hotel cagando leches, que hay novedades.

Cuando llegué, me fui a la habitación de Pier. Nuestros compañeros franceses tenían organizado un verdadero centro de operaciones en la habitación. Había absolutamente de todo. Armas incluidas.

Las sospechas de Pier eran ciertas, las cooperantes no se encontraban en Somalia. Un señuelo se había trasladado a la frontera para hacer creer que las desplazaban, pero realmente todavía no se sabía exactamente cuál era el paradero de las cooperantes.

Pier nos comentó que el grupo armado tenía colaboradores dentro del campo de refugiados Dadaab. Que estaban trabajando en ellos. En cuanto tuviese novedades nos las comunicaría.

Después de la reunión con Pier nos fuimos a la habitación de Álvaro.

-¡Una mierda para el gabacho maricón! Sabe perfectamente dónde están. Bairos nos quieren dejar fuera. Ten en cuenta que no nos tienen en consideración. No somos nadie para ellos, exclamaba Álvaro.

No era la primera vez que nos pasaba esto con los servicios de información de otros países. Al ser la plantilla B, nadie nos tomaba en serio, y menos quería compartir la información con nosotros. Nuestros compañeros del CNI se encontraban intentando negociar el pago del secuestro con un bufete londinense. Nosotros éramos el brazo ejecutor, los trabajadores de campo en el caso de que las cosas se pusiesen feas, pero no teníamos capacidad de investigación. Tan solo recibíamos órdenes y las ejecutábamos.

Ya me había dicho Álvaro que la colaboración con los franceses era una pérdida de tiempo.

-Déjame hacer un par de llamadas y te cuento. Pero por favor no te vayas del hotel, que presiento que nos vamos a tener que poner en marcha pronto. Me indicaba Álvaro.

Las cooperantes al ser de dos países diferentes. En este caso, Francia y España. Existía una pequeña competencia para ponerse las medallas en el caso de la liberación. Ya le puso la cara colorada Nicolás Sarkozy  a José Luis Rodríguez Zapatero cuando se trasladó en persona en su avión de Presidente de la República Chad a recoger a la tripulación de una compañía chárter francesa formada por súbditos españoles que trasladaron a una organización que presuntamente pretendía traficar con menores.

La política española era más partidaria de pagar el rescate por los cooperantes, mientras que la francesa intentaba primero liberarlos empleando comandos militares para tal efecto.

Álvaro tenía razón: en menos de una hora estábamos rumbo al campo de refugiados de Dadaab, cerca de la frontera somalí.

Lo que vi en aquel campo de refugiados no se me olvidará el resto de mi vida. La cruda realidad del hambre africana te mostraba su verdadera cara. Esto no era el video flash de los informativos que tan solo duraba treinta segundo y que se te olvidaba en los postres. Aquí la gente se moría literalmente de hambre. Los bebés estaban raquíticos y tenían unos cabezones tremendos. Las madres tenían los pechos totalmente secos, a la espera de recibir alimentos de alguna ONG.

Nos dirigimos al puesto de Médicos Sin Fronteras. Nos atendió Mar, una burgalesa voluntaria que llevaba más de dos años en la zona.

-¿Recuerda algún detalle que nos pueda dar alguna pista sobre el paradero de sus compañeros?  le preguntó Álvaro.
-Ya se lo dije al embajador y a sus compañeros. Tan solo llevaban tres meses. Verónica es ATS y este es su primer destino. Sólo trabajaba y descansaba.
-Y la otra, ¿cómo se llama?
-Carolina .Sí es veterana. Venía de Perú y se iba a quedar como mínimo un año.
-¿Alguna pauta rara de tu compañera?
-No, ninguna. Lo mismo que la otra: trabajar y trabajar.

Mientras Álvaro departía con Mar, un nativo de la zona no nos quitaba ojo. Tendría algo más de 30 años. Aunque aquí parecen mayores y realmente suelen tener unos diez años menos de los que refleja su aspecto.

No se dio cuenta de que le había calado. Me alejé del grupo para dar un rodeo e interceptarlo por la espalda sin que se diese cuenta. Tenía una túnica de color beige, llena de lamparones. Su cara quemada por el sol le daba un aspecto de sufrimiento continuo. Sin embargo, nos miraba con mucho interés.

Le cogí por el cuello y le inmovilicé. Empezó a gritar, lo que provocó un revuelo tremendo entre los refugiados. Los servicios de seguridad del campamento rápidamente se dirigieron a por mí.

– Pero Bairos que pollas estás haciendo. Me gritó Álvaro.
-Tranquilo, este negro seguro que sabe algo.
-Ya, joder, pero suéltale el cuello, que si no nos van a echar de aquí.

Conseguimos que Mar le convenciera para que le hiciésemos unas preguntas. Pasamos a la tienda de campaña donde ser realizaban las curas y ella nos hizo de traductora.

-Dice que tiene una hija que está muy enferma, que necesita medicina urgente. Que en el caso de que le demos la medicina, nos dará una información muy relevante sobre el secuestro.
-Ya lo sabemos nosotros, pero la patología de esta niña exige un antibiótico especial que nunca llega-nos aclaró Mar.
-¿Cuál es?–preguntó Álvaro.
-Acetomarecenia. Es un compuesto que combate la afección hepática que tiene la niña.
-¿Y qué pasa?¿Aquí no hay?
-Señor Álvaro, no se imagina la gran cantidad de alimentos básicos y medicinas que no llegan aquí. Tenga en cuenta que el 60 por ciento de los medicamentos de los que disponemos están caducados. En algunos casos, las propias medicinas caducadas son los que los matan.
-Dile que si le conseguimos la medicina, nos deberá decir quién se llevó a tus compañeras.

Mar tradujo la petición de Álvaro. La respuesta de Onok, que es como se llamaba este refugiado somalí, fue rápida y corta.

-Dice que trato hecho, pero que no sabe a ciencia cierta si el que sospecha será el verdadero secuestrador.

Onok volvió a hablar.Le dijo a Mar que primero la medicina y que luego la información.Hasta que no se le suministrará la medicina a su hija, no diría nada.

-Dile que sí, que traiga a la niña-le comentó Álvaro a Mar.

Álvaro se alejó del grupo. Sacó de la mochila el móvil vía satélite que siempre llevábamos en nuestras misiones.

Después de los años que llevábamos trabajando, a mí nunca me daba explicaciones, ni sabía a quién llamaba. Tan solo me decía que hablaba con el jefe, que era él que nos daba las pautas y movimientos en todas las misiones.

-Bairos, acompaña a Onok y tráete a la hija. Mañana, antes de las 14:00 horas, el medicamento estará aquí.

Mar saltó.

-Ya que son tan operativos, aprovecho y le paso una lista de medicamentos.
-No, doctora. Esto es una misión prioritaria. No es una ONG. Lo siento -aclaró Bairos.

Atravesé parte del campamento con Onok en busca de su hija Misha. Nunca pude contener las arcadas al observar la pierna gangrenada de la joven. El olor no podía ser más nauseabundo. Tenía la pierna derecha amputada a la altura de rodilla. La intervención tuvo que ser hacía pocos días. La sutura era muy basta, supuraba pus y estaba completamente lleno de moscas. La joven se encontraba tirada sobre una esterilla de caña, semi inconsciente, a pleno sol y sin que nadie le pusiese cuidado. Me acerqué a ella, saqué mi cantimplora y le di un poco de agua fresca que recibió sin apenas mirarme.

“¡Dios, esto es un cementerio de muertos vivientes! Cómo coño el ser humano puede degenerar en este estado. Están esperando la muerte exhaustos, con la mirada perdida”, me dije.

La pobre Misha recibió a su padre con una gran sonrisa. Tenía los ojos completamente rojos. Su aspecto era terminal. Tendría unos 6 años  y no creo que llegase a los 20 kilos de peso. La trasladamos a la tienda de campaña donde estaba la sala de curas. Mar le puso un suero y la limpió en espera de la medicina.

Por la noche cenamos en el barracón de los cooperantes, siempre custodiado por los vigilantes del campamento. Los médicos occidentales se están convirtiendo en una buena moneda de cambio para las tribus locales.

-¿No hay manera de que Onok nos adelante algo? -le pregunté a Mar.
-Lo dudo. Ten en cuenta que sois la única oportunidad para su hija. Hasta que no vea cómo le inyecto el antibiótico a su hija, no hablará.
-Bueno, era sólo un intento. Te lo digo porque las primeras 48 horas de un secuestro son las más importantes para intentar encontrar a tus compañeras.
-Ya lo sé, pero no hay nada que hacer. Sólo esperar la medicina.

El campamento por la noche era más desolador que de día. Pequeñas lucecitas iluminaban las tiendas de campaña de los refugiados. La vigilancia se centraba en los cooperantes. Si ocurría algún enfrentamiento entre los refugiados, nadie acudía en su auxilio. Estaban completamente abandonados a su suerte, primaba la ley del más fuerte.

Mar me comentó que muchas mañanas aparecían refugiados acuchillados por tan solo una manta.

Cenamos las latas que teníamos en nuestros petates. Fueron muy bien recibidas por los cooperantes. Álvaro saco dos botellas de Rioja que siempre llevaba en su equipaje y todo degeneró en un debate bastante agrio con un médico francés que menospreció los caldos españoles frente a los franceses.

Álvaro casi se lo come. No entiendo cómo un hombre que sabe mantener el tipo, sobre todo todas la situaciones límite, pierde los papeles por aspectos tan banales.

Salí con Mar a tomar el fresco.

-Tu compañero es un poco burro. Creía que iba a matar a Dominique.
-Lo siento. Es buena gente. Pero con todo lo que sean aspectos patrios pierde el norte.Si quieres mosquearle, dile que Messi es mejor que Ronaldo y ya lo tienes de enemigo de por vida.
– Vaya.
– Y tú cómo acabaste aquí?
-Es una larga historia. Me separé de mi marido, que era médico y compañero de hospital. Estábamos en el mismo departamento. Encima él era el jefe, con lo que la vida profesional también empezó a ser insoportable. Me planteé cambiarme de ciudad, pero al final decidí empezar a colaborar con el MSF y llevo cuatro años.
-La verdad es que la labor que hacéis es muy loable. La pena es que contéis con tan pocos medios.
-Esto es un cáncer en el que están involucradas las propias ONGs. De todos los recursos que en teoría debemos recibir, tan solo llega un 40 por ciento. El resto se queda por el camino. Algunas veces son los gobiernos locales y otras los directivos de las agencias de cooperación quienes venden parte de los cargamentos a las mafias locales cercanas a Al Qaeda, que pagan al contado en dólares.
-Bueno, piensa en positivo: por lo menos llega el 40 por ciento.
-¿Y vosotros qué sois? ¿Espías?
-Algo parecido. Lo único que te debe importar es que estamos aquí para liberar a tus compañeros.
-Mira, te diré algo importante que igual ya sabéis, pero por si acaso. María es diabética y se debe inyectar insulina con regularidad. No sé dónde estarán, pero si no llegáis pronto es probable que caiga en un coma hepático.
-Vale, lo tendremos en cuenta.
-¿De dónde eres,Bairos?
-¿Por?
– No, simple curiosidad.
– Del mundo. Mejor así.

Nos tumbamos en unas colchonetas en el barracón de los hombres cuando unas tanquetas de Naciones Unidas aparecieron en el campo de refugiados al amanecer. El oficial al mando preguntó por Álvaro y le entrego un paquete certificado.

El famoso antibiótico no tardó ni 24 horas en llegar al “culo del mundo”. Mejor que un “MRW” en cualquier capital europea. La medicina estaba lista para salvar a la pequeña Misha.

Nos dirigimos a la camilla donde descansaba la niña. El padre estaba dormido en el suelo a orillas de su hija. Cuando aparecimos con Mar, se le iluminó la cara. Más tarde me enteraría de que la madre murió en el trayecto desde una pequeña aldea somalí hasta el campo de refugiados. Se tiraron tres días andando con apenas medio litro de agua potable.

Cuando Mar inyectó en la niña el antibiótico, Álvaro tiró del brazo a Onok con no muy buenos modales y nos dirigimos al exterior junto a un vigilante que hacía las veces de traductor.

-Suave, Álvaro. No le acojones –le dije.
-Ya me he cansado de ser la hermanita de la caridad. Necesitamos que cante cuanto antes.

Onok nos comentó que cuando se produjo el secuestro, reconoció entre los miembros al hijo de un funcionario del gobierno somalí que trabaja como policía de inmigración en el puesto fronterizo de Linoi. Que se portó muy bien con su hija. Al morir la madre exhausta por la caminata, él recogió a la niña y la acogió en su casa. Cuando Onok llegó a la frontera, fue a casa del funcionario a recoger a la niña. Allí fue donde vio al chico que intervino en el secuestro.

-¿Cómo se llamaba el chico? -le preguntó Álvaro.
-Dice que tan solo le vio en la casa. No tuvo ninguna relación con él. Tan solo fue a la casa para recoger a su hija y agradecer al policía la acogida que le otorgó a su hija.
-Dile que si sabe llegar a la casa.
-Me dice que sí-aclaró Mar.
-Pues nos vamos contigo y Onok cagando leches para Liboi.
-Yo no puedo abandonar mi puesto.
-Nuestro francés es una puta mierda. Te necesitamos de traductora. Si quieres volver a ver a tus compañeras vivas, necesitamos tu colaboración. Con lo que espabila ya -sentenció Álvaro.

Liboi es una ciudad en la Provincia Nororiental de Kenya. Se encuentra a 18 kilómetros al oeste de la frontera con Somalia y es un importante punto de cruce fronterizo. Liboi está situado a 75 kilómetros al este de Dadaab.

Mar convenció a Onok que la niña se quedaba en buenas manos. Que fuera tranquilo.

Nos subimos en el 4×4 junto a Onok y tardamos dos horas en llegar al pueblo. Durante el trayecto por una carretera medio asfaltada, se veía una verdadera peregrinación de somalíes camino del campo de refugiados de Dadaab.

Se veía el horror en sus ojos. Andaban agotados y de forma cansina, con la mirada ida. Algunos cadáveres yacían al borde de la carretera. Nadie se inmutaba. Eran presa de los buitres carroñeros que desfiguraban las caras de los muertos, generando un pestazo infumable.

Creo que es la zona más terrorífica que he visto en mi vida. Miseria y más miseria. Familias enteras bajo la sombra de un árbol, como único cobijo disponible. Aquí no hay chabolas, no hay nada. El índice de mortalidad está en los 29 años y la mortalidad infantil es del 80 por ciento. No hay zona peor que yo haya visto.

Linoi es un pueblo de unos 11.000 habitantes registrados, pero la población flotante de refugiados somalíes multiplica por diez esta cifra. Las afueras del pueblo están compuestas por un mar de chabolas levantadas con plásticos varios. Aquí vale cualquier material para formar un pequeño chamizo donde habitar.

Una vez pasado el arrabal de chabolas, las viviendas locales son de una sola planta, construidas con adobe. Tan solo hay un par de edificios de cuatro plantas construidos con ladrillo y que pertenecen al gobierno de Kenia.

Onok nos indicó cuál era la vivienda del policía. Como nuestro francés distaba bastante de ser optimo, Álvaro decidió deshacerse del refugiado, dándole las gracias previamente. De nada sirvieron los lloros de Mar sobre los 75 kilómetros que se debía mamar el negro de vuelta al campamento.

Aparcamos el jeep. La casa parecía no tener gran movimiento. Decidimos esperar a la noche, ya que dedujimos que el poli estaría trabajando.

La que parecía su mujer salió de la casa cargando a un bebé de unos dos años. Volvió al cabo de la hora y media con la compra del mercado. No se veía ningún movimiento en el interior de la casa. Nuestra condición de occidentales no pasó inadvertida para el vecindario y pronto tuvimos el coche rodeado por una multitud de niños que nos pedía cualquier cosa.

El circo que se montó no nos favorecía en absoluto. Mar intentó ahuyentar a los más pequeños, pero fue del todo imposible. Decidimos cambiar de estrategia. Mar fue a hablar con la señora del interior de la casa para formalizar una entrevista con el policía de aduanas. La que al final terminó siendo la señora de la casa nos indicó que su marido no llegaría hasta las 19:30 horas, con lo que decidimos dar una vuelta y volver más tarde.

Me fui a dar un paseo por el pueblo con Mar mientras Álvaro daba cuenta a los jefes de nuestra situación a la espera de recibir las órdenes oportunas.

Cuando volvimos, con tan solo observar la cara de mi compañero ya sabía que había un plan trazado para realizar con el policía de adunas.

-Es mejor que te vayas ya para el campo de refugiados -le comentó Álvaro a Mar.

– ¿Os dejo aquí sin vehículo?

– En breve vienen refuerzos –añadió Álvaro

Eran nuestros compañeros del CNI los que iban a tomar riendas en el asunto. Nosotros hacíamos el trabajo sucio. Una vez que encontrábamos algo de interés, no teníamos capacidad operativa y eran ellos los que terminaban el trabajo.

Nos despedimos de Mar y esperamos a que llegasen.

Aparecieron sobre las 22:00 horas en un Renault-12 familiar de los años 70. En África es muy común que coches de hace 30 años todavía continúen operativos.

Les señalamos la casa. El plan era que interceptarían al policía para después someterlo a un interrogatorio en un lugar apartado.

No se complicaron mucho el operativo: mataron a la mujer una vez que entraron en la casa, llevándose al marido y dejando al bebe llorando en la cuna.

Álvaro y yo teníamos en la parte trasera del coche al policía encapuchado, retenido con unas esposas en la espalda. El camino duró unos 45 minutos. Fuimos a un descampado en medio del desierto. Nuestros compañeros sacaron al policía y lo pusieron delante de los faros del coche, sentado sin la capucha.

En cuanto le mencionaron el nombre de su hijo, bajó la cabeza y se dio cuenta de qué era lo que buscaban.

El interrogatorio duró varias horas. El policía de aduanas no decía absolutamente nada y tan solo tenía la cabeza gacha sangrando abundantemente por la nariz.Lo único que le hizo reaccionarfue una foto gastada de un matrimonio con dos niñas. Eran su hermana y sobrinas. Le pasaron un móvil en el que comprobó que también habían sido interceptadas. Tan solo en ese momento nos dio una calle y un número en Nairobi.

Los compañeros nos ordenaron que nos fuéramos al coche y le quitaron la vida con un tiro en la nuca.

Aquí terminó nuestra misión en Kenia. Al día siguiente ya estábamos saliendo en vuelo regular a Madrid.

Al cabo de dos días pude leer en la prensa que las cooperantes españolas volvían a casa sanas y salvas. El ministro de exteriores explicó que la liberación había sido fruto de una larga negociación de más de seis meses.Los detalles de la misma no los podía dar por asuntos de seguridad de Estado.

Se las veía débiles pero sanas, rodeadas de sus familias. Habían perdido mucho peso y una de ellas tenía la mirada perdida. Ahora les tocaba recuperarse y volver a pensárselo dos veces, en el caso de que quisiesen volver al país africano como cooperantes. El ministro de exteriores explicó en su rueda de prensa que determinados países de África se están convirtiendo en destinos muy peligrosos para los españoles e hizo un llamamiento a la responsabilidad de cada ciudadano, ya que en el caso de nuevos secuestros el Gobierno español no volveríaa actuar de la misma manera.