Eran las diez y media de la noche. Mateo se encontraba ya en el primer sueño en la litera superior de los dormitorios comunales del seminario de Ontaneda. Tenía arropada la manta hasta la nariz, durante el frío mes de febrero de 1964, la vieja caldera de carbón llevaba más de un mes con un reventón a la espera de alguna donación de simpatizantes de la obra.

-¡Mateo, Mateíto! ¡Despierta rápido, que me tienes que ayudar con el Padre Marcial! ¡No sé lo que le pasa, se ha vuelto como loco!
-¡Padre, joder, qué susto me ha dado!  ¿Qué pasa?
-¡Que al padre se le ha ido la cabeza, da unos espasmo tremendos!

Cuando entraron en el dormitorio del padre Marcial, la escena era dantesca. El cura se encontraba embutido en un largo camisón de invierno dando espasmos, con los ojos en blanco y expulsando saliva por la boca.

-Tu cógele por un brazo, que yo le inmovilizó el otro-, le indicó el padre  Enrique González, a quien en el seminario le llamaban “Padre Zapata” por su origen mexicano.

Mateo, recién levantado, no daba crédito de lo que estaba viendo. Debía ser fruto del demonio, el Padre Marcial estaba poseído. Su cuerpo estaba sudoroso y rígido, se movía entre espasmos continuados gritando como un verdadero marrano.

-Padre, ¿no será que el padre Marcial está viviendo un ataque epiléptico? -preguntó Mateo.
-No hijo, no. No es el primero que le da. Sufre de una extraña enfermedad en la próstata que le provoca estos delirios. Y hoy me tendrás que ayudar para que se le pase.
-¡Dígame qué hago!
-Pero debemos ser fuertes. Por el amor que le tenemos al padre y a nuestro Señor Jesucristo, debemos ayudarle.
-Bueno, sí padre, ¿pero qué debo hacer?
-Le tenemos que dar unas friegas, es lo único que le calma.
-¿Unas friegas? ¿Pero qué tiene que ver una cosa con la otra?
-Ya sé que suena extraño, pero le debes que dar unas friegas. Sólo eso le quitará los ataques.

Mateo no salía de su asombro. Había que pajear al padre para que los dolores desapareciesen. Tomó todo el valor que pudo y agarró el miembro erecto del padre, que empezó agitar violentamente, comprobando como los espasmos iban cediendo. “Ya sé que es muy desagradable, Mateíto, pero continúa, hijo, ya ves el bien que le hace”, le decía el padre Díaz.

Mateo tuvo un par de arcadas que no pudo evitar. Los restos de la cena mancharon las sábanas del padre, pero continuó meneando el miembro rojo y erecto del padre Marcial hasta que una enorme cantidad de semen inundó todas sus manos. Otra nueva arcada provocó que el joven seminarista vomitase toda la habitación.

Una vez que terminó la dantesca experiencia, Mateo salió corriendo a los dormitorios, abandonando a los dos curas en el dormitorio del Padre Marcial Maciel.