Entre 2002 y 2008, la ejecución de civiles por brigadas del ejército fue una práctica habitual en toda Colombia. Soldados y oficiales, presionados por superiores para que demostraran resultados “positivos” e incrementaran el número de bajas en la guerra contra la guerrilla, se llevaban por la fuerza a sus víctimas o las citaban en parajes remotos con promesas falsas, como ofertas de empleo, para luego asesinarlas, colocar armas junto a los cuerpos e informar que se trataba de combatientes enemigos muertos en enfrentamientos. Estos casos de “falsos positivos”, cometidos a gran escala durante siete años, constituyen uno de los episodios más nefastos de atrocidades masivas ocurridos en el hemisferio occidental en las últimas décadas.

Todo estalló a la luz pública cuando 19  jóvenes fueron desaparecidos en el municipio de Soacha y de la localidad de Ciudad Bolívar, en Bogotá.

Los 19 jóvenes desaparecidos vivían una vida honrada rebuscando las cosas; pero a estos jóvenes les ofrecieron 10 millones de pesos, por ir a trabajar a la Costa Atlántica, y estas personas aceptaron el supuesto trabajo por esta gran cantidad de plata, por que con este salario podían sostener a su familia y satisfacer sus necesidades. Luego de esto los cuerpos de estos muchachos empezaron a aparecer con marcas de balas en al morgue de Ocaña al Norte de Santander, estas personas fueron víctimas de un gran engaño por parte del Ejercito nacional.

Soacha 7 Julio del 2008
Seguramente habrá zonas peores en mundo para nacer, pero me cuesta trabajo pensar en alguna. Aquí en el municipio de Soacha se junta lo peor de la humanidad: ignorancia, injusticia, pobreza, drogas, maltrato infantil, prostitución y largo etc. de las desdichas de la condición humana.
Mi nombre es Hernán y esta es la historia de cómo mi vida se vio interrumpida gracias al engaño del ejercito colombiano debidamente aleccionado en una de las más lamentables practicas de un gobierno como es el crimen de estado.

–    ¡Maríca que pasó, te andaba buscando hace rato¡
–    Nada,  por ahí desparchado.
–    Ayer me encontré con un “man” que va buscando gente para un trabajo en el norte.
–    ¿Y eso?
–    Buena plata y buena paga. Esta reclutando un grupo de veinte para salir después del fin de semana.
–    ¿Y como va la vaina?
–    Sencillo, te entrevista, toma tus datos y si eres apto el lunes nos vamos para un puerto que van a construir en Cartagena.
–    ¿Así de simple?. ¿Y por qué no los contrata allí?.
–    Ya eso mismo lo pensé yo al principio. Pero dice que es un acuerdo del “Sena” para promocionar el empleo  de los jóvenes de “Soacha”.
–    No sé, suena muy fácil todo.
–    Bueno esta noche te lo puedo presentar en la rumba que nos invitará. El “man” no para, cachitos y trago gratis.
–    Ok me pasaré.

–    ¡ Hombre Hernancito¡ un placer conocerte. Lo vas a pasar en grande en Cartagena; Trabajo, plata y mujeres. Que más podemos pedir.
–    ¿Y cuando empieza el camello?
–    Si te apuntas, el lunes a las 6.00am partimos. Contigo cierro el cupo de maricas. Veinte me pidieron y veinte partirán.

Desesperación, se llama cuando en tu hogar no entra un peso hace meses. Tu madre y hermanos viven de la caridad de los vecinos. Mi hermanita de 13 años se esta planteando la prostitución con alguno de los patronos del barrio para poder llevar algo de comida a la casa. Eso es lo que tenía. Nada podía perder en un hogar totalmente destructurado donde mi padre borracho crónico nos abandono hace años.

Mi madre inventando todos los días se dejó cazar como “mula” en un envío de coca a España. Yo el mayor, 18 años y con tres hermanos a mi cargo, no encontraba mejor manera de salir delante de este moridero que se llama Soacha.
El lunes nos estaban esperando dos camionetas “Toyota” en el terminal. La imagen y la actitud de Roberto (nuestro recolector) había cambiado sustancialmente. Su aspecto era mucho más serio y marcial. Las bromas de la “rumba” pasaron a ordenes directas de comportamiento. Si nos encontrábamos con un control del ejercito, todos debíamos permanecer totalmente callados y dejarle a él de interlocutor.

Nuestro primer destino fue Bucaramanga. Nada que reseñar durante el viaje, mis compañeros dormían como angelitos, mientras Roberto respondía las llamadas del celular mediante monosílabos que no aventuraban nada bueno.

En Bucaramanga nos hospedamos en un barracón para trabajadores.

Nada me cuadraba, todo era extraño. Analizando a todos mis compañeros, incluyéndome a mi. Éramos una panda de “gamines” sin oficio ni beneficio que a duras penas podríamos trabajar de “peones” básicos de construcción. Pero como les comenté, la necesidad es muy dura, cuando no paras de comer mierda durante las 24 horas del día, te arrimas a “un clavo ardiendo”.
Nuestro siguiente destino era Cartagena de indias, donde supuestamente nos iban a dar la formación necesaria para el oficio.

De camino Roberto nos comunicó una nueva parada en la población de Ocaña en el departamento de Santander, donde íbamos a recoger herramientas para la obra. Faltaban todavía varias horas con lo que decidí echarme un sueñecito.
Cuan me desperté la camioneta estaba entrando en una nave donde un grupo de 25 militares nos estaban esperando.
Roberto saltó rápidamente de la camioneta y se unió a ellos.

Un sargento del ejercito comenzó a gritarnos.
–    Que sepan que han sido arrestados por el ejercito colombiano bajo la acusación de pertenencia a la guerilla. Pueden ir bajando de fila de a uno y quitándose todas las ropas.
El resto de militares nos apuntaban con sus fusiles y nos dirigían al fondo de la nave.
No dábamos crédito de lo que nos estaba pasando. Uno de los compañeros se dirigió a Roberto a pedirle explicaciones, pero en el camino fue agredido por la culata de un miliciano.
Todo era una farsa. No había trabajo, pero lo que no entendía era porque estábamos arrestados por el ejercito colombiano. No teníamos plata, éramos una panda de “descamisados” que poco provecho iban a sacar de nosotros.
Pasamos toda la noche durmiendo en el suelo hacinados como cerdos. Había dos cubos en una esquina para hacer nuestras necesidades y nos comunicaron que nos informarían de nuestro traslado inmediato al penal de Santander.

Por la mañana aparecieron más milicianos con uniformes de camuflaje que nos los repartieron para que nos los pusiésemos.

Por fin se me encendió la bombilla. Nos iban a hacer pasar por guerrilla capturada. No entendía el por qué, pero en un país donde los uniformes de del Estado dan más miedo que los propios malhechores, cualquier cosa podía pasar. Esto es Colombia, donde dentro de una supuesta normalidad de convivencia diaria, un día no sabes porque razón se tuerce algo y lo blanco se convierte en negro.

Y esto pintaba bastante negro. Nos volvieron a subir a la camioneta, ahora todos estamos esposados con una larga cadena que pasaba a través de los grilletes que teníamos en los pies.

En la camioneta tan solo cabían tres militares armados. Uno se situó al final de la misma y dos junto al chofer. Delante de la camioneta nos escoltaba un camión repleto de militares.

Nuestro destino iba a ser el matadero. No íbamos a llegar a ningún penal. Nos iban a asesinar a todos. Era ahora o nunca. Le comenté al compañero de al lado que o nos sublevábamos ahora o que se despidiese de la vida.

La acción fue rápida, reducimos al militar del final de la camioneta en pocos segundos. Cuando los militares que estaban con el chofer se dieron cuenta del motín, abrieron fuego hacia mis compañeros, provocando varias bajas.
Finalmente pudimos hacernos con el control de la camioneta, dentro de un caos de lucha desesperada y mucha sangre. Dábamos tumbos por la carretera y finalmente nos salimos en una curva hacia un barranco. El choque contra un árbol nos salvó de seguir barranco abajo. No sé cuantos compañeros quedamos con vida, solo se oían gritos y lamentaciones.

Este era mi momento, o salía rápido de allí o los militares nos iban a dar “materile”. Me costó encontrar las llaves del candado de la cadena, pero finalmente las tenia el chofer muerto de la camioneta. Me quité los grilletes y me tiré barranco para abajo.
Yacía inmóvil en algún punto del barranco, cuando escuche la “balacera” hacia los pocos que quedaron vivos en la camioneta.

Realmente no sé quien me dio fuerzas para salir de allí. Me encontraba herido en una pierna que no sentía. Fueron cuatro días deambulando por el bosque hasta que me encontré con un campesino que me auxilio en su casa.
Ya han han pasado más siete años desde este asesinato del ejercito colombiano. Soy prófugo de por vida en mi país. Conseguí cruzar la frontera de Ecuador y ahora vivo con otra identidad para el resto de mi vida. No acudí a la prensa ni ningún tipo de autoridad colombiana para denunciar este hecho, ya que sabía que era una muerte segura.

Recientemente vi en el noticiero que a esta atrocidad ejercida por el ejercito colombiano se llama “falso positivo”. No pasará nada, caerán cuatro militares desgraciados en la cárcel, pero los verdaderos responsables de este genocidio en el siglo XXI permanecerán inmunes.