El pavor de los humanos

En el último vuelo Madrid-Palma, sobre las 23.30 de la noche, me encontraba leyendo una aburrida novela de Raúl del Pozo, cuando las azafatas de la compañía de turno, se disponían a ofrecer a los clientes el catering pagado, que tan mala acogida tiene.

Cuando pasaron por mi lado, tuvieron que detenerse ya que una señora les realizó un pedido. La azafata recibió el billete de la pasajera y observo que en vasito de plástico que tienen para el cambio había un billete de 20 euros. Acababan de hacer cambio de tripulación y el susodicho billete no se correspondía con el dinero reservado para el cambio, sino que se le había olvidado a la anterior tripulación.

Cuando la azafata comprobó el hecho, su primera reacción fue comentárselo a su compañera y decírselo a la jefa de cabina. Pero cuando se disponía a hacerlo, paró y le dijo: “como puede ser que este billete este aquí cuando la azafata de la otra tripulación me dijo que todo estaba correcto”.

La compañera al observarla, se ofreció ella para hacerlo. Pero la azafata propuso un nuevo plan; Me quedo el billete y mañana cuando vayamos a firmas lo devuelvo. La compañera le comentó que eso sería peor, ya que si se enteraba la jefa de cabina se iba a enfadar.

Finalmente, decidieron las dos azafatas quedarse con el billete para el desayuno del día siguiente.

No fue un hurto, fue fruto del miedo, de la posible bronca que les echaría la jefa de cabina por el incidente. Se podía detectar perfectamente en sus tonos de voz, el pavor tan atroz que le tenían a la superiora.

Es este puto miedo, el que paraliza a muchas personas. Lo hay de diferentes clases e índoles. Esta el de la mujer maltratada, que a pesar del valle de lagrimas que vive constantemente, nunca da el paso de la separación. También esta el miedo económico de perder una vivienda, un trabajo. El miedo a lo desconocido. Pero en definitiva tenemos demasiado miedo en las decisiones diarias.

Es algo inherente en el ser humano, que nos fue transmitido desde pequeños, siendo muy complicado para determinadas personas conseguir abandonarlo.

No se trata de convertirnos en el D. Juan sin miedo, pero pensar que siempre los viejos en el umbral de la muerte se arrepienten de las cosas que no hicieron.