El genial profesor Antonio Calvo

La cultura norteamericana no es ni mejor, ni peor que el resto de culturas del mundo. Tienen sus fortalezas, que son muchas y variadas. Pero también sus debilidades. Dentro de estas, destaca sobremanera el “puritanismo”. Heredado de las culturas nórdicas y suecas. Es un lastre que no deja avanzar a mucha población

Antonio Calvo era un excelente profesor de español de la prestigiosa universidad de Princeton, donde desempeñaba el cargo de director del departamento de español durante diez años de carrera.

Antonio era una mezcla explosiva dentro de un entorno conservador, inmaduro, donde cualquier atisbo de creatividad es tachado de inmoral.

Se supone que respetan las inclinaciones sexuales de los demás. Pero en el fondo para la hipócrita sociedad americana, al igual que muchas. Él siempre será un “faggot”, maricón, que sumado al tono rudo que empleaba para dirigirse a sus alumnos, le fue creando un modelo falso. Un puto “Cliché” que es aprovechado por los miserables para lapidarlo en el momento oportuno.

En estas universidades, donde los alumnos pagan 4.000 dólares mensuales, la competencia es brutal. Estudiar en Harvard o Princeton, ya es un salva conducto para poder obtener un futuro profesional por encima de los demás, es decir, siempre tu primer empleo será mejor, que habiendo estudiado en cualquier otra universidad.

En lo que se refiere al equipo docente, es bastante peor. Conseguir la plaza fija, es un proceso muy complicado, ya que cada cinco años un comité de evaluación interno de la universidad, es el que decide la prorroga del contrato.

Según la normativa de Princeton, hay nueve posibles causas de despido: dar clases privadas -y cobrar por ellas- a los alumnos; nepotismo; relaciones sexuales consentidas con alumnos que estén bajo la supervisión directa o indirecta del profesor; acoso sexual; usos comerciales fraudulentos del nombre de la universidad; difusión de la información privada de los alumnos; mala praxis en tareas de investigación -como plagio-; alteración del orden público en el campus, y conflictos de interés en las investigaciones.

Antonio fue despedido, de forma inmediata, sin ningún tipo de explicación. Un  vigilante de seguridad le custodió para que recogiese sus pertencias personales. A los alumnos inicialmente se les engañó, comentándoles los primeros días de la ausencia del profesor que se encontraba de baja.

Fue un coctel, demasiado fuerte para los “puritanos”. Maricón, buen profesor que empleaba técnicas de enseñanza nuevas, que sorprendían a los alumnos y los profesores. Un mail que dirigió a un alumno exigiéndole un mayor esfuerzo en su trabajo, fue el detonante de una conspiración interna dentro del departamento lo que fulminó su carrera.

El mail decía así: “Déjate de tocarte los huevos y empieza a trabajar”.
Si haces la traducción literal al inglés, puede tener unas connotaciones sexistas o gays. Pero aquí, es donde la jefa de su departamento, la doctora Nouzielles, una argentina, debió matizar que en el idioma español, la citada expresión, no es más que una jerga coloquial, sin animo de ofender a nadie.

Todo esto se hizo una gran bola de nieve que le reventó al pobre Antonio en la cara.

Para él, Princeton era su vida. Lo era todo. No pudo soportar la presión de ser expulsado de esta institución y decidió suicidarse. La forma, no pudo ser más cruel. Se asestó varios cortes en las muñecas, para finalizar con una puñalada en el pecho.

Así terminó sus días el pobre Antonio, en su humilde apartamento de Manhattan, preguntándose porque siempre los buenos son los que se van.