José Ortega y Gasset 21

Durante toda mi infancia y gran parte de mi vida, he vivido en Madrid en un edificio isabelino de principio de siglo, en la calle José Ortega y Gasset 21. Os recomiendo visitarlo en vuestra próxima visita a la capital, ya que es un claro exponente de la arquitectura del barrio de Salamanca de Madrid.

En este edificio como muchos de la época, la portería se encuentra en el sótano, entrando en el portal, a mano derecha. Todavía se conservan las letras en yeso, que titulan la palabra “portería”. En la actualidad lo que fue vivienda, es ahora una tienda de regalos.

La portera del edificio se llamaba Ana. Pertenecía  a esos españoles que después de la postguerra española, decidieron emigrar a la ciudad, en busca de un porvenir más prospero. Si mal no recuerdo era de un pueblo de Extremadura que se llama Hinojosa del Valle. Por aquellas épocas todas las chachas que había en mi casa provenían de ese pueblo, ya que Ana era la encargada de gestionar, las chicas que servían en mi casa.

Recuerdo con grato recuerdo a una tal “Pauli” que estaba buenísima. Yo creo incluyendo a mi padre y a mi hermano mayor, que todos le intentamos meter mano. Era espectacular y aparte un poco ligera de cascos, con lo que nos daba juego a toda la familia.

No era un acoso propiamente dicho. Lo que pasa es que por aquellas épocas, andábamos más salidos que el pico de una mesa.

Ana tenía un sentido del humor espectacular. A mi me había apodado con el pseudónimo de “mastín”. Por la mañana cuando bajaba la escalera del edificio, camino del colegio. Ella solía estar fregando la entrada. Yo como buen niño le daba los buenos días y ella sin mirarme gritaba un ¡Mastínnnnnnnnnnnnnnn! Y se descojonaba de risa.

No me lo decía habitualmente. Era como para pillarme infraganti, cuando se me había olvidado y habían pasado meses, volvía a la carga; ¡Mastinnnnnnnnnnnnnnnnnnn!. A mi no me molestaba en absoluto, es más cuando me sorprendía, que era, la mayoría de las veces, me entraba un ataque de risa tremendo, ya que tenia una risa muy contagiosa, entrando en la ruta del autobús del colegio, destornillado perdido, ante el asombro de mis compañeros que no sabían a que se debía mi gran sentido del humor.

Ana vivió hasta los setenta largos. Yo ya debía ser un veinteañero. Y siempre que volvía de la facultad a la hora de comer, me paraba en casa de Ana a recoger el pan, que ella nos compraba todos los días.

Cuando baje a su casa, la encontré tirada en el suelo. Me alarme y la incorporé en el sillón. Le había dado un ictus cerebral y se encontraba bastante mal. Llame alarmado a los vecinos para que llamasen a una ambulancia. Mientras esperaba, me hacia señas desesperadamente para que buscase algo. No sabia que es lo que me quería decir, pero adivine que debía buscar algo en la estantería. Me señalo un libro que cogí, donde se cayó un cheque al portador de unas 150.000 pesetas. Le dije tranquila, no pasa nada, ya lo he encontrado, cuando venga tu hijo, yo se lo doy.

Entonces fue cuando se calmo, se sereno, me lanzó una última mirada de agradecimiento y de amor, cerrando los ojos, con claro signo de que su final le había llegado. Que empezaba a descansar.

Siempre estarás en mis pensamientos Ana.