La zorra de mi vecina

Todas las mañana cuando la saludo, ni se gira para mirarme. Cuando el saludo es inevitablemente frontal, dice un hola, insulso, seco y sin gracia. Sabiendo que no le queda más remedio que responder. Si por ella fuese pasaría de largo sin decir nada.

No llega a los treinta y viste como una vieja, habla con el móvil gritando en el patio interior, para que el resto de vecindario escuchen los cotilleos diarios que explota con sus semejantes.

Las broncas a las que somete al marido, son una presión psicológica constante que no para, es un martilleo continuo,  que desde que el pobre hombre llega de trabajar hasta que se acuesta no para.

Esta seca de rabia, la bilis le consume. Es como un escorpión que su propia naturaleza le pide picar, para poder depositar su veneno.

Pertenece a la vieja España de charanga y pandereta, donde la envidia era el deporte nacional. Solo le importa el que dirán o el que pensaran. Actúa de cara a la galería. No tiene personalidad propia. Las miradas de los demás pueden más que su propia conciencia.

Incluso cuando gime haciendo el amor, son alaridos de rabia. Nada parecido a lo que se pareció a el amor, cuando se ennovió con el marido. Ya que solo buscaba un partido, un proyecto profesional que se asegurase un futuro. Que era feito y con falta de talento. Todo daba igual. Era ingeniero de telecomunicaciones, con lo que en el baile de juventud le falto tiempo para arrimarse al pobre muchacho que no sabía lo que le esperaba.

Ahora que tiene; una lucha continúa para poder justificar su humillante condición y poder soportar el día a día.

Pero ella no es la culpable, recibió la educación de una madre soltera amargada y angustiada, fruto de la postguerra española, donde la injusticia de la vida que le toco vivir, fue transmitida a su hija, donde la teoría de Voltaire, que el hombre nace bueno de naturaleza, pero es la sociedad la que le corrompe tiene toda su vigencia en la zorra de mi vecina.