Guerra Civil

Guerra Civil

Las tardes de verano en Sierra Morena, después de respetar la siesta de rigor, hacía las ocho y media, el polvo del ambiente da paso a una leve brisa que anima a darse un paseo.
Con la invitada de costumbre, nos dirigíamos a ver las diferentes fincas colindantes y a disfrutar de un paisaje que aunque amarillo y yermo era agradable en una tarde de verano.
De entre el paisaje, destacaba un gran Cortijo en un alto, rodeado de olivares por una ladera y de siembra de trigo por la otra que reflejaba el poderío que habría tenido antaño.
Más que un Cortijo eran un conjunto de casitas blancas rodeado de una inmensa mansión.

Yo ya lo conocía y sabia de la enorme cuadra que disponía, con las diferentes alacenas y habitaciones de todos los tamaños, pero como sabia que era un Cortijo que a mis invitados siempre les impresionaba, nos dispusimos a entrar.

Después de mi consabida identificación, de quien era y de donde venía, el guardes se dispuso a enseñarnos con enorme orgullo todas las dependencias.

Mi acompañante no paraba de preguntar por la historia del cortijo, que desde cuando llevaba construido, de que cuantas familias vivían y a quien pertenecía.

La historia de la finca venía de una familia alemana emigrada, llamada por las explotaciones mineras, que ha principios de siglo empezaban a trabajar en las empresas  inglesas venidas a la península ibérica.

Los Hoffman se establecieron en Sierra Morena, a orillas de las minas del Centenillo, donde Stefan Hoffman trabajaba como ingeniero, y adquirieron unas tierras que poco a poco fueron labrando para construir el cortijo que todavía mantiene el mismo esplendor.
La mano de obra necesaria venia de los pueblos colindantes pero debido a la gran distancia que los campesinos tenían que recorrer, se fueron haciendo casitas alrededor del cortijo, fue tal la producción de la hacienda, que el cortijo se convirtió en un pequeño pueblo, donde vivían veinte familias con escuela e Iglesia incluida.

El matrimonio Hoffman compuesto de Stefan y Annes tuvo tres hijos: Juan el mayor, Gregorio y Ruth.

Juan estudió leyes en Granada y fue un abogado de reconocido prestigio en toda Andalucía, supo gestionar las acciones que su padre le dejó de la mina y las vendió a muy buen precio, dos años antes de que la multinacional inglesa London Berry decidiera cerrarla por baja productividad.

En la actualidad, los herederos de Juan, Manuel y Juan también abogados, son los que llevan las riendas de la explotación de la finca.

Ruth se hizo monja y todavía vive en un convento de clausura en la provincia de Cádiz, al principio de su ingreso en la orden, salía para ver nacer a sus sobrinos, pero ya hace años que vive totalmente recluida y sin ningún contacto con el exterior.

El hermano de en medio, Gregorio Hoffman tuvo mala suerte según comenta el guardes, una vida muy intensa, malas influencias, mucho alcohol, murió cirrótico en el extranjero, aunque sus restos reposan en el Cortijo, voluntad que respeto su sobrino Juan.

¡Goyo, Goyito! Hijo ven a comer que te esperamos.

Goyo o Goyito, como era llamado por todos los aldeanos, era un chaval avispado de dieciséis años al que le apasionaba la sierra, la caza y los caballos.

Desde que se levantaba hacia las seis de la mañana, desayunaba un tazón de leche con un cucharro, plato típico de la zona que consistía en un trozo de pan untado de tomate, aceite y un pedazo de bacalao seco.
Después se dirigía a las cuadras donde ayudaba a Tomas, el encargado de las caballerizas, en las labores de limpieza del recinto, para más tarde darse un paseo a caballo por la sierra, que junto a su escopeta, raro era el día que no volviese con un par de conejos, liebres o perdices.

La diferencia entre hermanos era brutal, Juan de carácter conservador y estudioso se iba todas las mañanas con el padre a la mina, donde practicaba sus primeros contactos con el derecho mercantil.

Ruth estaba todo el día recluida en casa, leyendo, cocinando, sólo por las tardes y debido a los empujones de Goyito, se subía junto a su hermano para darse un paseo en caballo.

Goyo no era malo sino de naturaleza animal, en la escuela siempre estaba discutiendo con D. Matías, el maestro, sobre el verdadero sentido y utilidad de las cosas.

–    D. Matías de lo que usted me cuenta, ¿Cuántas veces en la vida lo voy a aplicar?
–    – Goyito no se trata de aplicación sino de conocimiento- decía  D. Matías
–    Y para que quiero conocimiento sino  hay aplicación donde emplearlos- contestaba Goyo.

Las letras las consideraba inútiles, en cambio destaca con las ciencias.

Goyo o Goyito, con dieciséis años que tenía, apuntaba a buen mozo, de gran tez rubia que delataba su ascendencia alemana, era ágil y de gran corpulencia que demostraba con la bravuconada de poner a su hermano Juan encima de sus hombros y encima de este a la pequeña Ruth.
Era jaleado y aplaudido por todos los aldeanos que componían la Hacienda, hasta que llegaba su padre Stefan y con una sola mirada todo el espectáculo se eclipsaba en un cerrar de ojos.

Uno de los secretos de Goyo eran sus continuas huidas nocturnas hacia un poblado gitano situado a las afueras de la Hacienda, donde una gitana tras años mayor que él, le llevaba por el camino de la amargura.

Maria Vargas, fue conocida por Goyo, en uno de sus paseos vespertinos, cuando ella se aseaba  en la fuente del huerto.
Ante tan maravillosa aparición, Goyo se escondía detrás de una encina y esperaba a que ella concluyera su baño para hacer acto de presencia.

–    Buenos días tenga Usted-
–    De donde ha apareció-
–    De esta finca que pertenece a mi padre-
–    Pues perdone que ya me voy-
–    No, no hace falta, que cuantas veces quiera venir será bien recibida-
–    Vaya con Dios- y se fue la guapa gitana hacía el poblado.

Desde aquel día, Goyo no paro hasta que encontró el poblado y todas las noches se acercaba a ver si veía a la gitana.

Una noche fue descubierto por Ramón, zagal gitano del poblado.

–    Aquí los mirones no son bien vistos-
–    No soy un mirón, me  daba una vuelta por aquí.-
–    Pues ya puede estar poniendo los pies en polvorosa que no le quiero ver-
–    De aquí no me mueve ni la Guardia Civil-

Entre las bravuconadas de los dos zagales, apareció el Sr. Braulio, el Patriarca del poblado.

–    Que es lo que pasa- dijo el Sr. Braulio
–    Sr. Braulio, que el payo no se quiere ir- contesto Ramón-
–    A los forasteros se le invita, no se les echa, reprimió a Ramón.
–    Zagal pasa, y tomate un vino, que estamos celebrando el santo de mi hija.

-¡María, María!, Donde te metes.

De entre la camioneta salió Maria,  morena, gitana a más no poder, reflejando el poderío de una reina mora.

Ambos fingieron no haberse conocido antes y comenzó una fiesta, que entre bailes, palmas y vino termino de madrugada, con lo que Goyo entró en el Cortijo, removió las sabanas de la cama y se fue con Tomas para las cuadras.

Nadie apercibió la farra nocturna, excepto Anne su madre, que de ascendencia judía, nunca renuncio a sus orígenes, pero sus creencias nunca asentaron en sus hijos, que fueron apadrinados en la religión católica, debido a un pacto entre Stefan Y Anne que consideraron más conveniente que en un país donde cualquier cosa que no fuese Católico era tachado de herejía.